La crisis y el fracaso de una generación

Como si fuesen cuervos negros que se posan sobre reciente sepultura, van aterrizando a mi escritorio los informes y balances económicos que retratan al año 2009. Allí está el de CEPAL, el del Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (SEDESOL), el del Banco de México, IMSS, INEGI, la UNAM, el Tecnológico de Monterrey y la Fundación BBVA. Todos coinciden: se trató de un año económicamente sombrío y de sus páginas exhala el olor a adversidad sin remedio. Hay que tomar aliento para leer su numeralia; aquí solo extraigo algunos datos esenciales.   
Lo de menos, es que México habrá visto descender su Producto Interno Bruto en poco más de 7%, esto es, escenificamos una de las diez peores caídas del planeta (FMI), y quizás la peor para una economía de nuestro tamaño (junto con Rusia). También somos la cola de Latinoamérica (CEPAL), más que el pobrísimo Honduras (-3.0%), El Salvador (-2.5), Nicaragua (-1.5%) Costa Rica (-1.2%) y Guatemala (-0.1%). Pero además, en el “Balance preliminar de las economías de América Latina”, se predice que durante el 2010, la mayor parte de los países de Sudamérica y Centroamérica registrarán ascensos entre 3.5% y 4.7% con la excepción mexicana, condenada también a sufrir la escapatoria más lenta de la crisis en toda la zona OCDE y en América Latina.
Al desplome del PIB le corresponde una caída del PIB per cápita, que ronda el 7.9 por ciento. Por eso y por la precariedad laboral que domina al país, dice la CEPAL, entre el 20 y el 30 por ciento de los mexicanos que no son pobres, está en riesgo de pasar a esa condición entre el año que acaba y el que comienza. Y aunque milagrosamente, eso no pasara, de todos modos, para el 2010 más de la mitad de los mexicanos vivirán en algún tipo de pobreza y una cuarta parte en pobreza extrema.
El año que empieza ve un escenario así: 26 millones 300 mil mexicanos ni siquiera alcanzarán a comprar una canasta básica, lo que quiere decir que México ¡ha retrocedido al nivel de pobreza que tenía en 1995!, recomenzando el camino de la política social, entre las ruinas de otros tres lustros perdidos (SEDESOL, Paquete económico 2010;  CONEVAL, Estimaciones para el 2006-2008; CONAPO, Proyecciones de Población y Hogares 2005-2025).
Pero todas las variables se desmoronaron: las remesas por ejemplo, tuvieron en octubre su peor caída desde que Banxico lleva registros: un desplome de 35.8 por ciento respecto al mismo mes de 2008. La Fundación BBVA Bancomer calcula que la proporción de migrantes mexicanos en situación de pobreza se elevó 5 puntos porcentuales entre 2007 y 2009, al incrementarse de 22.1 a 27.1 por ciento. El 10 por ciento de los empleos perdidos en E.U. desde 2007 fueron nuestros, lo que equivale a  800 mil empleos perdidos por mexicanos. El efecto colateral (y devastador) es que 1.3 millones de personas que habitan en el sector rural de México dejaron de recibir remesas, lo que canceló la segunda fuente de ingreso en las zonas más pobres, sobre todo en Zacatecas, Michoacán y Oaxaca (Situación de la Migración en México).
Hasta hoy y desde el primer día de enero de 2009, habían cerrado 10 mil 730 empresas (Centro de Investigación en Economía y Negocios del Tecnológico de Monterrey). Este debilitamiento de la estructura productiva explica que el consumo privado se haya contraído 8.5 por ciento y que la inversión privada caiga un 15.4 por ciento, para colocarla en niveles ¡de 2001! (Departamento de Análisis Macroeconómicos, Prospectivos y de Coyuntura, UNAM)
Todo esto es lo que se halla al fondo de las estadísticas del IMSS: de octubre a octubre (08-09), se perdieron 495 mil 353 trabajos. Y aunque desde agosto ya se habilitaron miles de puestos nuevos, la realidad es que en este diciembre, existen cerca de 300 mil personas que no tienen trabajo y que hace un año, sí lo tenían. Agregue a este coctel de desamparo estructural, los 800 mil jóvenes que en 2009 llegaron a las puertas de un mercado laboral prácticamente clausurado; así podrá mensurar la presión que realmente existe por entrar a los mercados informales, ilegales, criminales o a las legiones de expulsión migratoria.
Visto de otro modo: si se compara el número de desempleados abiertos (oficiales) con el número de trabajadores afiliados a la seguridad social, nuestra tasa de desempleo formal (desempleados formales -2.9 millones- sobre ocupados formales -14.2 millones-) es del 20 por ciento. Esto quiere decir que hay un desempleado por cada cinco trabajadores, una quinta parte de la población productiva fuera del empleo, del ingreso, del mercado, de la seguridad, caldo de cultivo privilegiado para alimentar la anomia y la ilegalidad.
Antes de la crisis, el nivel de informalidad alcanzaba ya el 53.2 por ciento de la población ocupada, lo que quiere decir que por primera vez en la historia, las cifras oficiales registraron a 12.1 millones de trabajadores precarios y por cuenta propia (ENOE). Ese dato quiere decir que en el tiempo que la economía aún generaba 960 mil nuevos empleos, casi la mitad -44 por ciento- fueron producidos en los circuitos para-legales de la economía subterránea.
¿Y el salario durante la crisis? Hace dos años, antes de la crisis, el salario medio era de 6 mil 270 pesos mensuales, o sea, unos 574 dólares. En este diciembre, el promedio actual cotizado al IMSS, llega a 6 mil 900 pesos mensuales; si descontamos la inflación, tenemos que nuestros salarios reales rondan los 523 dólares. Así, la pérdida del poder de compra de nuestros sueldos promedio es de 8.9 por ciento. En un año, los salarios regresaron a los niveles de 2005 (Encuesta Nacional de Ingreso y Gasto de los Hogares 2008 del INEGI).
Empleo, salarios, empresas, remesas, pobreza resbalaron en un tobogán profundo que nos retrotrae al escenario de la crisis del tequila, pero con un detalle aún más ominoso: de esta crisis no saldremos tan rápido, nuestra convalecencia será larga y lenta (FMI. Perspectivas de la economía mundial: sustentar la recuperación).
Y todo esto, por desgracia, resulta una historia demasiado familiar, vivida una y otra vez, tercamente, a lo largo de una generación completa de mexicanos: en 1982, suspensión de pagos de la deuda y crisis financiera generalizada; 1985: macro-devaluación; 1986-87: choque petrolero y cruento plan de estabilización; 1994-95: desplome del sistema bancario; 2000-2003: la recesión más larga de la historia moderna (38 meses entre agosto de 2000 y septiembre de 2003); y 2009: crack financiero internacional y tardía y anémica respuesta anticíclica. En un ejercicio –no tan ocioso- de cuantificación histórica, calculo que de 1983 para acá, han desfilado 300 meses, pero el dato turbador consiste en que 129 de ellos, hemos estado estancados o retrocediendo, destruyendo riqueza, empleos y posponiendo para otros tiempos, proyectos, empresas, trabajo, decisiones de inversión.
Justo en ese tiempo, la población mexicana creció como nunca. En 1982 había casi 67 millones de mexicanos; en 2009 alcanzamos casi los 108 millones. O sea: mientras hemos estado ensayando un modelo económico rígido,  ineficaz y tartamudo, la población creció a razón de un millón y medio de habitantes por año y esa generación, experimentó en carne propia y durante casi la mitad de su vida, temporales recurrentes de crisis y destrucción material y moral. Al paso que vamos, en 12 años, Brasil habrá producido más riqueza por habitante que nosotros (y con el doble de la población) y si las cosas siguen así, aturdidos por la malhadada “cultura de la estabilidad”, podemos aspirar a que en diciembre de 2012, hayamos regresado al ingreso per cápita que teníamos antes de 2007.
Cuando empezó la crisis parecía que en México se configuraba una discusión adulta y seria sobre la economía local y global, las instituciones financieras y las políticas económicas asociadas. El Senado activo una convocatoria y aparecieron esfuerzos serios y abarcadores que intentaron hacerse cargo rápidamente, de la gravedad de la situación (como el documento preparado por los economistas de la UNAM: Hacia un nuevo curso de desarrollo). Parecía que la amenaza de la recesión espabilaría el pensamiento y nos colocaría al borde de cambios y decisiones importantes. No ocurrió, y la declaración jaculatoria de noviembre -“la crisis ya terminó”- vino a amodorrar de nuevo el impulso reformista e instalar en los ánimos el conformismo cómodo de la economía de mercado.
Pero los datos están allí para quien quiera verlos. Seguimos necesitando una discusión de época, que sea de la profundidad y del tamaño del fracaso económico, que entre nosotros no lleva un año, sino una generación.

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