Un año en la vida de José Revueltas
Sábado, 28 de Noviembre de 2009 19:00
Escrito por ROBERTO ESCUDERO
EPILOGO
En este libro me he propuesto examinar Un año en la vida de José Revueltas que en realidad son cuatro meses de 1950 (abril, mayo, junio y julio). Ese pequeño periodo es el más intenso en la vida de José Revueltas en lo que se refiere a una polémica o más exactamente a varias polémicas en varios frentes-que dejó una profunda huella emocional en la persona de nuestro escritor, y en cierta medida, tan desgastante como gratuito.
En efecto, creo que se puede entender con facilidad que la primera reacción de Revueltas ante la crítica de Antonio Rodríguez, con el pseudónimo de Juan Almagre, quien escribe que con las posiciones sustentadas por el escritor en la novela Los días terrenales y en la obra de teatro El Cuadrante de la Soledad, se está pasando a la reacción, tal vez estuvieron justificadas en un primer momento de indignación y molestia, si la respuesta a este criterio exclusivamente insultante de Rodríguez, consiste en afirmar exactamente lo contrario: que Revueltas no se regala a la reacción, es la que percibe en el tiempo y la única que recuerda muchos años después José Revueltas, en realidad no hizo más que quemar pólvora en infiernitos con excompañeros suyos –Revueltas en 1950 no pertenecía al Partido Comunista Mexicano- que no merecían para nada una respuesta sostenida.
Una actitud más reflexiva de José Revueltas, aunque no por ello menos inútil, es la de la respuesta a Vicente Lombardo Toledano y Enrique Ramírez y Ramírez, a quienes da la razón en cuanto a que la novela Los días terrenales, no plantea correctamente las tesis políticas y filosóficas coherentes con el marxismo, y son del todo exagerados los elogios que Revueltas dirige a Ramírez y Ramírez, es a raíz de esta autocrítica que en cierto sentido es una autoflagelación, que Revueltas decide retirar de la circulación la novela y suspender las representaciones de la obra de teatro. Aunque pronto se da cuenta de que inclusive jurídicamente está impedido para realizar tal retirada, las dos obras ya no le pertenecen. Pero más allá de estas actitudes, de hecho autodestructivas, cuando Revueltas decide hacer frente a estos críticos, se muestra como lo que es, un hombre valiente decidido a ejercer su libertad de escribir sin cortapisas ideológicas ni de ninguna otra especie, actitud resaltada por Adolfo Sánchez Vásquez.
Tal es, a mi juicio, la parte rescatable de esta polémica que muestra al escritor de cuerpo entero: polémico, desgarrado por contradicciones insuperables. En el periodo que intenté examinar, la contradicción entre la libertad total de su literatura, con sólo los límites de su enorme talento, y las disquisiciones de sus posiciones políticas e ideológicas, pero sólo hasta cierto punto, porque el retrato de Gregorio y Fidel, que encarnan dos “tipos” de comunistas, es un diálogo en el que se muestran principios políticos tan implicados como contrastados, el diálogo entre un militante que no olvida ni puede olvidar que es un ser humano, es decir, sencillamente un ser que tiene derecho al sufrimiento, y un militante que es o intenta ser una fría máquina de hacer política, así Los días terrenales, son el escenario en el que se enfrentan y se necesitan ambas partes. La novela es pues bien lograda en el terreno político.
De acuerdo, es posible que las disquisiciones filosóficas malogren ciertas partes de la novelística de Revueltas (José Agustín); o que el escritor quiera retirar sus obras porque duda y porque piensa que los demás puedan tener razón (José Emilio Pacheco), pero no era necesario tanto desgaste ante criterios que, se aprecia fácilmente, nada tenían que ver con los dominios de la literatura, ni de una crítica comunista medianamente desideologizada.
Por último, planteo a título de hipótesis que, conociendo la hipersensibilidad de Revueltas, lo que en verdad lo pudo haber lastimado profundamente, no es nada de lo dicho hasta ahora, sino la comparación de mala fe con sus hermanos, en la que sale no sólo perdiendo el escritor, sino que es indigno de pertenecer a esa familia de luchadores (Antonio Rodríguez y Pablo Neruda).
Opiniones que, como espero haber demostrado, no tenían ningún fundamento. Cuando Revueltas se muestra polémico en serio, cuando desprecia inclusive a sus varios detractores, no puedo menos que recordar una de sus frases: “estoy dispuesto a combatir, desnudo y sin espada”.
Es notable, además, que Revueltas omita por completo las críticas favorables de Xavier Villaurrutia (de la que sólo se conserva la referencia de Novo) y la de Salvador Novo, dos autores con auténticos impulsos para ser modernos, es decir, entre otras cosas, para apropiarse cualquier literatura de cualquier latitud y con una voluntad de estilo depurada. Así, al calificar Salvador Novo a Los días terrenales, como una novela moderna, el elogio es superlativo.
Pero es muy propio de Revueltas olvidar lo que le favorece y sólo recordar lo que le daña, aunque sean críticos, en el mejor de los casos (Ramírez y Ramírez) de muy secundaria importancia. Pero es en este año en el que José Revueltas se nos muestra de cuerpo entero, con sus fragilidades y su entereza.
Es esta entereza de carácter la que le permitió vivir 26 años más en condiciones a veces desastrosas, que muy pocos resistirían de esa manera. En su última prisión de noviembre de 1968 a mayo de 1971, Revueltas escribió una novela corta. El Apando, un prodigio de estilo y de recreación de la vida carcelaria de dos delincuentes comunes. Creo que es, ante todo, esa absoluta vocación literaria la que le permitió sobrevivir a tantas prisiones y a tantas batallas dadas en tan distintos frentes. También menciono el clima cultural de esos años, para que se aprecie en qué contexto de ideas se inscribe la obra de Revueltas, y para hacer evidente el ambiente de intolerancia y chovinismo en que se vivía por aquellos años –y muchos años después, desgraciadamente- en México, aunque la intolerancia contra los dos textos de Revueltas era de distinto signo: no es que fuera antimexicana, es que era contra el proletariado internacional, según sus críticos.
No podía dejar de mencionar algunas constantes literarias, tratándose como quiera que sea de un texto sobre un segmento de la vida de un escritor. Además, me pareció que podía tener su importancia el relacionar a Revueltas con un escritor absolutamente genial del siglo XX, como es Marcel Proust, espero haber demostrado esta relación. Y es una razón más para considerar, con Salvador Novo (quien trae a colación el nombre de Revueltas en la muy positiva crítica que escribe sobre Los días terrenales) que Revueltas es “ya un gran novelista”, la obra subsiguiente de José Revueltas no hará más que confirmar y hacer crecer los méritos estéticos de su obra. Lo demás es lo de menos.
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