Políticas para los jóvenes II

SEGUNDA Y ÚLTIMA PARTE. En el ámbito de la educación superior, se puede decir que durante  décadas -a partir de 1980- el crecimiento del gasto público federal, medido en  valores constantes no fue consistente con el aumento de las necesidades del subsistema, entre otras cosas con el crecimiento de la demanda de ingreso de los estudiantes. Entre 1980 y 2001 el gasto real por estudiante se redujo de 22,750 a 17,480 pesos, reducción que a todas luces fue atentatorio con la calidad de la educación.
La educación superior
Además de los subsidios insuficientes, la educación superior tiene que contender con los males que se van acumulando desde los niveles precedentes. Los registros muestran que de cada 100 alumnos que ingresan a la primaria, 16 concluyen la educación media superior y únicamente 6 completan el ciclo de  la educación superior. Por eso no resulta extraño que en México, el índice de escolaridad en el nivel terciario se encuentre por debajo no ya del que tienen los países avanzados, sino  también de países del área, como El Salvador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile.
Existe una evidente urgencia de ampliar la cobertura y la calidad de la educación superior, pues el atraso del país no podrá ser superado si se mantienen indicadores tales como que existan 214 científicos e ingenieros por cada millón de habitantes. En contraste, Costa Rica tiene 582, Argentina 660, Canadá 2719 y Estados Unidos de Norteamérica 3, 673.

Frente a todo este panorama algo puede y debe hacerse
No es una buena decisión abandonar la escuela para incursionar en un mercado laboral raquítico e incierto, sobre todo a edades tan tempranas como son las de entre los 12 y los 18 años. Entonces el esfuerzo debe dirigirse a crear las condiciones suficientes para  retener a los estudiantes dentro del sistema educativo, para que puedan   completar un número mayor de años de escolaridad, al menos por encima del actual promedio.           
En materia de educación superior, se requieren cambios que permitan  a  la calidad de la educación salir airosa de las evaluaciones internacionales y que sepa ponerse en sintonía con las ya no tan nuevas tecnologías de la información y el conocimiento. Una educación para la formación de ciudadanos promotores de la democracia, solidarios, tolerantes, respetuosos de la pluralidad y la diversidad y sujetos activos en el cuidado del medio ambiente.

Salud
En materia de salud existe un amplio marco en que los jóvenes presentan un alto grado de vulnerabilidad, porque  además de compartir con el resto de la población un sinnúmero de necesidades, ellos tienen las suyas propias.
Los organismos internacionales han señalado el grado de vulnerabilidad que guardan los jóvenes en los ámbitos de la salud y la seguridad. El creciente numero de jóvenes adictos a las drogas; el incremento de la delincuencia juvenil -la cantidad de jóvenes dentro de las cárceles apoyan este dicho-; la expansión de la  incidencia de contagios del Sida y otra enfermedades de trasmisión sexual; el elevado número de embarazos no deseados entre adolescentes y jóvenes menores de 20 años; los miles de casos de abortos en condiciones de insalubridad; las muertes violentas de jóvenes en cantidades crecientes, y la violencia intrafamiliar, conforman un entramado de áreas relacionadas con la salud y la seguridad juveniles, que ameritan políticas públicas más decididas, más constantes y más extensas que las que hoy existen.
Es responsabilidad estatal el establecer las medidas de política pública, para que este núcleo de la población pueda sobreponerse a las circunstancias de vulnerabilidad en materia de materia de salud y seguridad. Desde siempre ha existido un enorme déficit en esta materia; las miras del Estado han sido cortas y hasta mezquinas

Democracia y futuro
La vida de las  generaciones posteriores al Desarrollo Estabilizador –el Milagro Mexicano- y al movimiento social de 1968, se ha deslizado sobre dos procesos sociales fundamentales, cada uno de los cuales parece haber cambiado de dirección.
La juventud que protagonizó el 68, junto con el resto de la clase media, fue la beneficiaria de los años del auge económico, pero también conocedora del comportamiento de un régimen autoritario, antidemocrático. En sentido contrario, quienes nacieron después de esa fecha, son jóvenes que han padecido los efectos de un desarrollo económico muy pobre, con una larga cadena de crisis, que los ha depauperado y colocado en la marginación y la discriminación.
Pero también a éstos les tocó ver nacer y vivir una democracia, democracia que, a pesar de todo, no ha ajustado las cuentas con el viejo régimen. Estos jóvenes han sido testigos y víctimas de la sobrevivencia de la corrupción, la impunidad, la arbitrariedad y otros lastres que socavan el funcionamiento de las instituciones. Oyen hablar de un estado de derecho, pero saben que se les miente. Escuchan a diario promesas, pero su experiencia les dice que su condición no ha cambiado. En breve: la economía no les ha dado  lo que necesitan, ni la democracia -la política-  les ha dado lo que promete.
Estos procesos han moldeado el pensamiento y las conductas de la juventud actual. A ella le ha correspondido ser la víctima principal del agravamiento de las desigualdades, la ausencia de oportunidades, la exclusión e intensificación de la pobreza. Hoy se encuentran minadas las expectativas, y de manera lenta pero persistente se han debilitado los vínculos sociales, los valores no son del todo aceptados y se encuentran bajo cuestionamiento, y existe un desafecto creciente por los asuntos públicos.
De acuerdo con la encuesta del IMJ, el 80% de los jóvenes interrogados declaró no haber participado en ninguna manifestación, marcha o acto público. El 75.6% dijo que no participaría en ninguna de las actividades de los partidos políticos, sin embargo el 88% estaría dispuesto a movilizarse en favor de la paz y los derechos humanos.
La misma encuesta muestra que para los jóvenes las instituciones que mayor confianza les  merecen son la familia, los médicos y la escuela. Por el contrario, muy lejos de la confianza de los jóvenes se encuentran  los partidos políticos, los diputados y la policía.
La desconfianza por los partidos, diputados -léase políticos- tiene su explicación. En los dos primeros casos los jóvenes han sido testigos del comportamiento de los representantes populares y de quienes ocupan los cargos principales dentro de las estructuras partidarias. En el tercer caso, porque este grupo poblacional padece, con rigor especial,  la inseguridad y percibe el déficit de responsabilidad de quienes integran las instituciones encargadas de proporcionar protección y seguridad.
Por éstas y otras razones -incluidas las económicas- algunos jóvenes  llegan a cuestionar la democracia, porque sienten que no protege sus derechos ni soluciona sus necesidades y dudan de que sea el mecanismo idóneo para alcanzar su bienestar.
Aún así, el 54% de los jóvenes encuestados -poco más de la mitad- se inclina por la democracia como preferible a cualquier otra forma de gobierno. Sin embargo el 46% -casi la otra mitad- no dice lo mismo. Los datos debieran ser motivo de examen y preocupación de la sociedad mexicana, pero particularmente de quienes tienen responsabilidades públicas.
Si la situación material de los  jóvenes no es revertida, si el prestigio de la política y las condiciones de seguridad continúan cuesta abajo, entonces los efectos se harán sentir con mayor negatividad en la percepción de los jóvenes, pero sobre todo en sus futuras conductas.
En tal virtud conviene aventurar algunas sugerencias que pueden ser relevantes y estratégicas para el ejercicio de una política  juvenil.
1. En estricta lógica, el Estado mexicano debería contar con grandes definiciones en torno al asunto juvenil. El punto de partida obligado es el reconocer que los jóvenes son el ámbito donde es posible incidir para, de manera determinante, proyectar el desarrollo nacional.
2. Las grandes cuestiones nacionales no corren paralelas al problema juvenil y que, en consecuencia, haya que optar por unas u otras. No. La educación, el empleo, la salud, la vivienda, la agricultura, la industria, los servicios, la pobreza, la marginalidad, etcétera, tienen un obligado cruce con la situación de la juventud.
3. El hecho de que los jóvenes sean el componente más numeroso de la población, condiciona al Estado y a la sociedad a destinar recursos para ser invertidos en ellos, en la perspectiva de obtener una alta rentabilidad. Esto obliga a pensar en planes ambiciosos, incluyentes, serios, consistentes, de continuidad y larga permanencia y que trasciendan los períodos sexenales.
4. En el cumplimiento de esta ruta, el Poder Legislativo puede contribuir de manera determinante, si hace las adecuaciones jurídicas y presupuestales que permitan alcanzar los objetivos de las políticas hacia los jóvenes. Para el caso específico del año 2010, un programa de emergencia económica, no puede ignorar la situación de los jóvenes y el hecho de han sido los más afectados por la crisis recesiva.
5. La aplicación de las políticas juveniles debe hacerse descentralizadamente: del centro a las regiones, a los estados, a los municipios -delegaciones en el caso del DF- hasta donde sus efectos,  impacto y  trascendencia sean constatables.
6. Sería muy conveniente conformar un observatorio de la juventud, donde pueda existir el debate y el acuerdo entre distintos sujetos, grupos y organizaciones relacionadas con las políticas juveniles. Se busca favorecer una instancia autónoma en la cual se recupere, se sistematice y analice la información acerca de la juventud. De igual modo identificar temas relevantes y generar propuestas que retroalimenten las acciones de la política juvenil. El funcionamiento del observatorio, además de  contribuir a la formación de las ciudadanías juveniles, también puede ayudar a democratizar la información y hacer más patente la función de los jóvenes dentro del desarrollo nacional.
7. Quizá ya haya llegado a su maduración el momento de superar el ancestral tabú que ha prolongado el divorcio entre las instituciones educativas y los sectores productivos. Nada más saludable que el acercamiento de las autoridades públicas, las instituciones de educación superior y las empresas, para establecer compromisos y generar sinergias para apoyar al desarrollo de los jóvenes. Las becas-trabajo, la capacitación para la adquisición de nuevas competencias, entre otras cosas, pueden ser algunas de las aportaciones que las empresas pueden hacer en apoyo a las políticas a favor de los jóvenes. A su vez, las empresas podrían beneficiarse de los avances de la investigación científica y tecnológica realizada en las instituciones educativas, las cuales podrían recibir recursos de las empresas como producto de servicios prestados y de transferencias de tecnologías. Por su parte, el gobierno podría crear incentivos fiscales y estímulos para las empresas y, a cambio, recibiría la asesoría y otras modalidades de apoyo -de empresas e instituciones- para la solución de problemas públicos.
En la tarea común de aplicar políticas de apoyo a los jóvenes, bien pueden involucrarse a los colegios de profesionistas, fundaciones altruistas, clubes de servicio, agrupaciones defensoras de los derechos humanos, organizaciones ambientalistas e, incluso a las propias iglesias. El asunto es tener claros los objetivos y distinguir meridianamente lo que pueden hacer o no cada una de estas organizaciones. En todo caso, lo primero es generar un polo de atracción, con la aceptación suficiente  como para ser portador de una gran capacidad de convocatoria.
Ciudad Universitaria, 14 de agosto de 2009


BIBLIOGRAFÍA
José Gómez de León y Daniel Hernández. Un mapa de los jóvenes a la mitad de los años noventa. En Rafael Cordera et. al. (Coordinadores) México Joven. Unam. México.1996
Rafael Cordera Campos y Diana Sheinbaun Lerner. Perspectiva de los jóvenes mexicanos en siglo XXI. Revista Este País. No.189. México. Diciembre, 2006
Rafael Cordera Campos y Diana Sheinbaum  Lerner. Juventud y participación ciudadana. Revista Este País. No.217. México. Abril, 2009
Jaime  Martuscelli y Carlos Martínez Leyva. La migración del talento en México. Revista Universidades. No.35. UDUAL. México, 2007
Rafael Cordera Campos y José Luis Victoria Toscano. Los jóvenes de la capital. Revista Configuraciones No.30. México. Enero-abril, 2009
Encuesta Nacional de Juventud 2000. IMJ
Encuesta Nacional de  Juventud 2005 (resultados preliminares) IMJ

 

19 de Agosto de 2009 el presidente Calderón pronunció un discurso que podríamos calificar de “estratégico”, más pensado para el futuro que para buscar salidas inmediatas a la grave crisis que afecta al país. En él se reiteran los principios básicos de la política económica oficial, la suma de las certezas acumuladas por los dirigentes de las finanzas públicas nacionales y, por qué no decirlo, una buena dosis del voluntarismo que acompaña siempre la mirada presidencial. La palabras de Calderón se escucharon más porque aprovechó la ocasión para atacar a quienes critican “a México”, pero fueron pocas las voces que aquilataron si, en efecto, el planteamiento de fondo podía sostenerse bajo las cambiantes condiciones del mundo de hoy. El Correo del Sur pidió a varios economistas de prestigio una breve opinión sobre el discurso. He aquí el comentario del Lic. Antonio Gazol

 

Sobre las “cosas buenas”

| ANTONIO GAZOL SÁNCHEZ

Acepto la invitación que formuló el Presidente Calderón en su discurso del 19 de agosto (quiero suponer que improvisado) a “hablar con objetividad y con claridad de las cosas buenas y de las enormes ventajas que, por supuesto, tiene nuestro país”. Pero, primero, sería conveniente conocer para quién y para qué son buenas “las cosas” esas de las que hemos de presumir. Habría que aceptar, el que invita, que lo bueno o lo malo de las “cosas” depende de la perspectiva del que las califica.
Se me ocurre, por ejemplo, que para un sector de los inversionistas (nacionales o no) puede ser una “cosa buena” la inexistencia de un esquema conocido de política económica para después de la crisis, porque por aquello del “a río revuelto, etc….” es la mejor para la especulación de corto plazo y la ganancia rápida. En cambio, otro tipo de inversionistas, el que arriesga en naves industriales y en maquinaria, estaría más a gusto si conociera, por decir algo, de la definición y puesta en práctica de una política industrial orientada a la rearticulación de las cadenas productivas y al fomento de las actividades vinculadas con los sectores dinámicos de la economía mundial.
Para más de un inversionista (que, según el discurso, es a quienes se les deben decir “cosas” buenas de México) sería bueno saber qué piensa el Ejecutivo en torno al no tan trivial tema del futuro de la relación económica de México con Estados Unidos y de la integración regional; sería bueno que se precisara si se marcha o no en la dirección de construir una unión aduanera para América del Norte (o “Uniones Aduaneras Sectoriales”, como aparece en la página 139 del Primer Informe de Ejecución del PND 2007-2012).
Y otra “cosa” buena. Para todos es alentador saber que el Ejecutivo ya está enterado de que existe un fenómeno conocido como ciclo económico, pero es posible que no sea tan bueno comprobar que el propio Ejecutivo, al considerarlo como “natural”, suponga que nada, o muy poco, se puede hacer para acelerar el inicio de la fase de recuperación. Esta percepción implica que a la crisis se llegó por causas naturales, que “naturalmente” no se previeron, y que no tienen nada que ver con algún tipo de problemas en la concepción de la política económica. Hay quien dice que ser optimista es una “buena cosa”, pero….¿será optimismo u otra “cosa”?

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