Políticas para los jóvenes

En 1996 los expertos en demografía señalaban que en el país había aproximadamente 26 millones de habitantes con edades entre 12 y 24 años; es decir  la población juvenil. También señalaban que esos millones de jóvenes representaban -en ese año-  el 30% del total nacional, hoy son alrededor de 33 millones.
Quince años después de delineada, por los conocedores, la ruta demográfica que nuestro país iría recorriendo, no parece que el Estado y la sociedad se hayan percatado de lo trascendente que para la nación representaba el llamado “bono demográfico”; es decir la oportunidad única de establecer una relación ventajosa entre la población productiva y la no productiva. La oportunidad había que aprovecharla; estaba en la estructura de edades, donde los jóvenes eran los más numerosos
Esos millones de personas nunca fueron vistas como el terreno más fértil, el ámbito más propicio para invertir y hacer de ese núcleo de población el punto de apoyo para desarrollar al país. Nunca se pensó que entre ellos se encontraba la materia prima para la formación de capital humano, estratégico, si se toma en cuenta que desde la última década del siglo pasado ya estaba más que anunciada la sociedad del conocimiento, donde los saberes, la tecnología y la innovación se revelan como los resortes de un desarrollo social integral moderno.
¿Cuántos miles de ingenieros, médicos, científicos, agrónomos, biólogos, economistas, historiadores, literatos creadores del arte y la cultura, etcétera, dejaron de formarse? A cambio de ello continuaron  las crisis. La pobreza, la marginalidad, la insalubridad, la desocupación y otros males -al acentuarse- extendieron sus efectos sobre  la población, en particular entre los más vulnerables, incluida la juventud mexicana.
Si es cierto, como algunos suponen, que ya se ha perdido la oportunidad del “bono demográfico”, valdría la pena preguntarse si todavía tiene caso ocuparse de la juventud y en su posible rol en los trabajos para sacar a México de su atraso y para resolver los problemas de la desigualdad, la pobreza y la marginalidad, sobre todo si no se olvida que actualmente hay más de 30 millones mexicanos que pueden ser considerados como jóvenes.

El desastre juvenil
Los años 80 son el punto de referencia del abandono de las políticas sociales. Es precisamente durante la llamada década perdida que el gasto público tuvo un drástico cambio de destino. Los recortes presupuestales a la salud, la educación, la vivienda y otros rubros asociados al bienestar social, significaron pasos en el proceso de depauperación de la población, la profundización de las desigualdades, el crecimiento del desempleo y la marginalidad.
Los jóvenes que nacieron en el decenio  anterior comenzaron a experimentar la larga pesadilla -interminable todavía- de las crisis, a la que se fueron sumando las generaciones siguientes. De hecho, la filosofía que guió en esos años a la política económica se extendió como dogma de fe a los siguientes sexenios gubernamentales, sin que para los jóvenes existieran las oportunidades suficientes para la educación, el empleo, la vivienda y los servicios de salud, que les permitieran, a la vez,  alcanzar niveles de bienestar aceptables y contribuir al desarrollo nacional.
En buena medida, la poca importancia que se ha otorgado al papel estratégico de los jóvenes explica que se sepa muy poco de ellos. Este grupo que se distingue por su heterogeneidad -por razones geográficas, origen social y económico, género y otras variables- no tiene mucho tiempo de ser motivo de estudio y reflexión. En particular, son de reconocerse las investigaciones que se han realizado desde el Instituto Mexicano de la Juventud y que han ido mostrando aspectos sobre el mundo juvenil que antes se desconocían.
En todo caso, el precio que están pagando la mayoría de los jóvenes es muy alto, pues las secuelas que han dejado las políticas gubernamentales -o mejor dicho, la ausencia de ellas- son de segregación, discriminación, marginación y desencanto por el país y sus instituciones: negro presente y futuro aún más.
Una de estas secuelas es el desempleo acumulado a lo largo de varias décadas. En efecto, desde hace tiempo la economía tenía que haber creado anualmente más de un millón de nuevas  plazas de trabajo que, en promedio, demandan los jóvenes que se incorporan al mercado de trabajo. Por desgracia esto no ha sucedido así, por eso históricamente la tasa de desocupación entre lo jóvenes ha sido mayor a la del promedio nacional, aunque para el caso de las mujeres la situación es aún más desventajosa con respecto a la de los varones.
Para el grupo de edades entre los 15 y los 24 años, la tasa de desempleo fue de 5.4% en el 2004 y actualmente es del 6.3% según investigadores de la UAM-X. A la falta de apertura de nuevos empleos habrá que sumar los rezagos, que año tras año se acumulan, para tener una imagen más aproximada de lo que los jóvenes,  en este rubro, padecen.
Por otro lado, en el ámbito de los ocupados el panorama se acerca más a lo sombrío que a lo alentador. De acuerdo con el Censo General del año 2000, el 16.5% de los jóvenes entre los 15 y los 29 años, económicamente activos, no percibía remuneración alguna en forma de salario, mientras que los que sí tenían salario, el 21% ganaba un salario mínimo o menos y el 72% recibía  hasta tres  salarios mínimos. Hablamos de promedios nacionales.
Adicionalmente habría que referirse a los complementos al salario y otras prestaciones que, prescritas en las leyes laborales, no se encuentran al alcance de este parte de la población. Sólo por ejemplificar pueden mencionarse estos datos: el 70% de los trabajadores jóvenes no se encuentra amparados por un contrato laboral. Sólo el 16% tiene acceso a los servicios de salud y un porcentaje menor puede tener algún tipo de préstamo personal, seguro médico o crédito para vivienda.
No obstante su alto grado de diferenciación -incluso su  estratificación- y alimentada por las crisis, la economía informal ha sido desde hace muchos años el atajo de muchos jóvenes para su encuentro con la sobrevivencia. Sin ingresos seguros, trabajo aleatorio, sin seguridad social, muchas veces el joven encuentra aquí una manera de ir sobreviviendo; en ocasiones cercano a las actividades ilícitas, a las cuales puede dedicarse por completo en condiciones extremas o atraído por la obtención del dinero “rápido y fácil”
Por otro lado, las presiones de la demanda de empleo serían mayores si no fuera por la vecindad con los Estados Unidos, que  ha hecho de su economía un polo de atracción para quienes en México no encuentran ocupación o para quienes buscan mejorar sus condiciones de vida mediante mayores ingresos. Ésta ha sido una constante durante muchas décadas, pero en la actualidad el número de migrantes jóvenes ha crecido más que en otros rangos de edad. Existen estimaciones de que en  el número de quienes han cruzado la frontera norte son del orden de las 400 mil personas, de las cuales el 72% fueron menores de 29 años.   
Entonces, son los jóvenes los que nutren la mayoría de estas corrientes migratorias, muchos de ellos con grados avanzados de escolaridad; es decir, ya no es sólo el campesino tradicional -a veces analfabeta- el que abandona el país, sino ahora es el habitante urbano, ya con algunos años de educación. Incluso existe la tendencia de que cada vez sea mayor el número de jóvenes  con estudios superiores  que emigra  en busca de mejores condiciones  económicas y de superación, en tanto que los países desarrollados han establecido políticas específicas para atraer a los hombres y mujeres mejor calificados, ofreciendo condiciones y oportunidades que no existen en los países periféricos.    
El mundo globalizado y la sociedad del conocimiento han internacionalizado el mercado de los talentos. Por eso estas políticas de atracción deben ser vistas no como un fenómeno transitorio, sino  como una práctica permanente gracias a la cual México está perdiendo capital humano. Simplemente téngase en cuenta  que de los mayores de 15 años que viven en Estados Unidos -pero que nacieron en México- el 39% tiene estudios de bachillerato o superiores. Aún más grave: los residentes con estudios profesionales y de posgrado ascienden a 470 mil, de los cuales el 70% se encuentra entre los 20 y los 24 años. El problema representa tal gravedad que países periféricos -como México- pierden entre el 10% y el 30% de quienes tienen estudios de nivel superior; es decir pérdida de capital humano.
Algunos datos adicionales son complementarios a este tema. El mercado mexicano de trabajo ha creado situaciones un tanto sorpresivas. De entre el mundo de los jóvenes desocupados, el 42% cuenta con estudios subprofesionales, educación media superior o superior, en tanto que entre los ocupados solamente el 29% alcanza esos niveles de educación. La pregunta es: ¿el aparato productivo, la economía mexicana no requiere jóvenes con niveles altos de escolaridad? ¿Acaso una formación educativa inferior puede suplir a una superior?
Esta somera descripción de las condiciones del empleo entre los jóvenes, da una idea aproximada del déficit que arroja la política gubernamental en torno al tema de la atención a ellos. Pero no es el único indicador, porque por muchas razones, el empleo se encuentra muy asociado a otro tópico, también crucial para el país y sus jóvenes: la educación.
En el renglón de la educación hace ya muchos años que se han puesto de manifiesto las consecuencias de su abandono, al punto que algunos datos retratan  su panorama desolador. Por principio de cuentas,  las celebraciones en torno a la Independencia y la Revolución Mexicana se van a realizar con una tasa de analfabetismo del 3.6%, que afecta a la población entre los 12 y los 29 años. El porcentaje de jóvenes cuyo nivel educativo no rebasa la primaria es del 36%, además existen estimaciones que dan cuenta de que 35 millones de personas mayores de 15 años no alcanzaron a completar los nueve años de la educación básica y 44 millones que no culminaron la educación media superior.
Lo que muestran estas cifras es que el sistema educativo -o mejor dicho, la forma cómo está organizada la sociedad mexicana- no ha sido capaz de retener a los educandos en su recorrido dentro de las etapas de su  formación. Millones de niños y jóvenes abandonan, desertan de las aulas, motivados por muchos factores. De acuerdo con varias fuentes de información entre los 12 y los 18 años se encuentra el 80% de quienes abandonan las aulas; es decir, las edades de la secundaria y el bachillerato.
Cuando en 1993 la educación secundaria se hace obligatoria y con ello se establecen 9 años de educación básica, es decir mínima, se buscaba dotar a los estudiantes de una formación general, habilitados de competencias básicas que les permitieran desenvolverse en un mundo complejo y cambiante e incorporarse a la vida social como agentes activos en las labores de la construcción de la democracia.
No parece que estos objetivos se hayan cumplido. Cerca de millón y medio de jóvenes entre los 12 y 15 años no ha cursado -o ha abandonado- la escuela antes de cumplir los 9 años de educación obligatoria. Casi la mitad de ellos no continuaron al terminar la educación primaria.
No es necesario agregar más cifras en relación con el tema de la deserción escolar, lo que sí es conveniente es aceptar que existe y que debe ser considerado como un mal estructural, al igual que muchos otros que gravitan sobre la educación y sobre los jóvenes.
Por separado habrá que considerar lo relativo a la calidad de la educación, la reprobación y la eficiencia terminal.
Aquí tampoco existen buenas cuentas. Uno de cada cuatro estudiantes inscritos en la escuela secundaria no termina su ciclo en el tiempo establecido, entre otras cosas por la acumulación de asignaturas reprobadas, que a la larga se traduce en la reprobación del grado y/o la deserción.
Además de estos agudos problemas, existe otro que es crucial: el asunto de la calidad de la educación.
Las pruebas nacionales aplicadas en el 2003, indicaron que una cuarta parte de los estudiantes del tercer grado de secundaria presentaron  deficiencias en su capacidad de comprender una lectura y la mitad de ellos estaba muy lejos de desempeñarse bien en área del razonamiento matemático. Por otra parte, el CENEVAL reportó que, en 2001, la media nacional de respuestas correctas de los aspirantes a ingresar a la educación  media superior fue de 47.5%, es decir: el grupo de 500 mil egresados de la secundaria contestó correctamente sólo 61 de las 128 preguntas.
Tan catastrófica situación fue corroborada por el Programa  Internacional para la Evaluación del Estudiante (PISA)  cuyos resultados indicaron que de los estudiantes mexicanos de 15 años de edad, únicamente el 28% supo completar tareas poco complejas de lectura, tales como localizar una pieza de información, identificar el tema principal de un texto, o establecer una conexión simple con el saber cotidiano. Además, el 16% tuvo serias dificultades para usar la lectura como herramienta del aprendizaje. Obviamente estos problemas son particularmente más graves en condiciones  de pobreza y/o entre la población indígena y, aún más, si se trata de mujeres.
Vale la pena  insistir  en  que ya son muchos los años en que la educación se encuentra postrada, que por eso el país ha estado desperdiciando recursos humanos que le  son vitales para el desarrollo y que -por eso también-  miles, millones de seres humanos han perdido la oportunidad de acceder a una calidad de vida aceptable y que la sociedad se ha negado a otorgarles.
Parece entonces que será necesario hacer mucho al respecto. Obviamente la educación requiere de mayores recursos, pero las soluciones no se alcanzan sólo con ellos. Como ya se dijo antes, la educación es un problema estructural. De cualquier forma, en materia de recursos, éstos no pueden seguir siendo usados como hasta ahora. Se trata de incrementar la productividad de la inversión, de acabar con las cuantiosas filtraciones a que dan lugar la excesiva burocracia, la corrupción y el nudo de intereses gremiales y corporativos que durante décadas han constituido un pesado fardo para el desarrollo de la educación.
Tan importante como lo anterior es el realizar un cambio en la educación, que responda a las necesidades que impone un mundo globalizado y una emergente sociedad del conocimiento. Serán indispensables nuevos paradigmas, nuevos valores y otras competencias, una renovada pedagogía y métodos didácticos modernos.

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