Hace alrededor de 250 años, la revolución industrial se volcó sobre fuentes fósiles de energía: carbón y petróleo. De entonces a la fecha, todo desarrollo económico, todo proceso de industrialización, temprano y directivo o tardío y subordinado, ha incrementado las emisiones de gases de efecto invernadero [GEI] en la atmósfera terrestre y, por consiguiente, contribuido a generar los costos que toda la humanidad ha empezado a pagar por los impactos adversos del calentamiento global. A partir de la posguerra y hasta principios de este siglo XXI las emisiones globales de CO2 se incrementaron poco más de 160%, de lo cual 40% sucedió de 2000 a la fecha.
Como se sabe, la atmósfera terrestre constituye el más global de los bienes ambientales comunes. Delgada película de composición muy homogénea debido a sus propiedades de difusión vertical y horizontal, por lo que cualquier gas contaminante acaba diluyéndose y distribuyéndose en toda su extensión. Los GEI son gases que tienen propiedades físicas termoactivas, es decir, son capaces de atrapar parte de la radiación infrarroja que rebota de la superficie terrestre al ser calentada por la radiación solar y, debido a ellos, la atmósfera posee un “efecto invernadero” gracias al cual la Tierra mantiene una temperatura promedio global habitable para el ser humano. Luego del fin de la última pequeña glaciación, o último cambio climático importante, hace poco más de 12 mil años, el ser humano estaba preparado para desarrollar la revolución agrícola e inició la civilización que conocemos, que ha transcurrido en un margen de variación de solo 1º Celsius.
Sin embargo, el proceso de industrialización ha emitido billones de toneladas de bióxido de carbono y otros GEI (como metano, óxido nitroso y cloro-fluoro-carbonos) y, a mayor concentración de GEI en la atmósfera terrestre, mayor el efecto invernadero y superior la temperatura superficial promedio global. El ser humano ha modificado el delicado equilibrio térmico que se había mantenido durante los últimos diez mil años e inició un cambio climático pero ahora de origen humano, no geológico, que ya ha incrementado en casi un centígrado la temperatura promedio superficial global respecto de la preindustrial. Este incremento de temperatura ha iniciado un ascenso del nivel del mar, que se estima será de al menos alrededor de 80 centímetros hacia fines de siglo, y ha intensificado los fenómenos meteorológicos (como ondas de calor, tornados o vientos en ráfaga), particularmente los hidrometeorológicos extremos (como ciclones, huracanes, sequías, o lluvias torrenciales).
Es decir, la revolución industrial carbonizó la economía global y colocó a la humanidad ante uno de los retos más grandes que haya enfrentado en su historia. Porque para frenar definitivamente el cambio climático será necesaria una “segunda revolución industrial” que descarbonice la economía, que base su desarrollo en fuentes de energía limpia, baja o neutra en carbono (como la eólica, la hídrica, la geotérmica, la biomasa y, sobre todo, la solar —además de la tecnología del hidrógeno). Esto requiere una revolución tecnológica, acompañada de una profunda modificación en los hábitos dominantes de consumo y producción.
Además, los impactos adversos previsibles del calentamiento global incrementarán la vulnerabilidad de los sistemas humanos, los asentamientos, las grandes infraestructuras, las zonas costeras y áreas inundables. El problema de fondo del cambio climático tiene que ver con la seguridad de las personas y sus bienes, con la seguridad energética y alimentaria, con la seguridad estratégica de la integridad territorial, el control de las migraciones y la convivencia pacífica y civilizada en tiempos que serán de gran escasez y de crisis de abasto.
Todo esto implica costos, e implicará más, pues el cambio climático antropogénico que hoy empezamos a vivir es resultado de las emisiones de GEI durante los últimos 250 años y constituye apenas el inicio del cambio que se avecina. Si hoy fuera posible —que no lo es— reducir a cero las emisiones globales antrópicas, este cambio climático tendría lugar de todos modos y, en realidad, las emisiones de nuestros días —cada vez mayores, pues pasaron de alrededor de 20 mil millones de toneladas de GEI a principios de los años noventa a poco más de 50 mil millones en nuestros días— preparan un futuro todavía más caliente y de mayor impacto para la vida como la conocemos. Es decir, los patrones dominantes de consumo y producción continúan incrementando las concentraciones de GEI en la atmósfera y, por consiguiente, profundizando la magnitud del cambio climático a futuro. Por ello, no iniciar las acciones requeridas para adaptarnos al cambio climático incrementa exponencialmente los costos en el futuro; es lo que se conoce como los “costos de la inacción”.
Recientes publicaciones de referencia, como el famoso Informe Stern o el IV Reporte de Evaluación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (el PICC, órgano científico – técnico de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático —la CMNUCC), coinciden en señalar que las implicaciones económicas globales del cambio climático equivalen ya hoy día al 1% del Producto Interno Bruto (PIB) global, y que eso será ahora y para siempre, si y solo si la comunidad internacional logra ponerse de acuerdo para frenar definitivamente el incremento de concentraciones de GEI en la atmósfera; de otra manera, los costos podrán incrementarse rápidamente al 5% del PIB global y, en situación extrema, hasta el 20% o más. Por ello el objetivo central y último de la CMNUCC es lograr pronto una estabilización de las concentraciones de GEI en la atmósfera (no emitir globalmente más GEI que la capacidad de captura de la biosfera), y se espera que la próxima reunión de la Conferencia de las Partes de la Convención, en Copenhague, en diciembre 2009, sea capaz de definir un nuevo régimen internacional que incluya a todas las grandes economías del mundo, que son los mayores emisores del planeta, para que limiten definitivamente sus emisiones de GEI. El esfuerzo internacional deberá ser mucho mayor que el que logró pactarse con el Protocolo de Kioto, dinamizar el desarrollo de tecnologías limpias y bajas en carbono, así como potenciar hacia otro orden de magnitud los flujos financieros de ayuda al desarrollo.
Los principales responsables del problema son los países más industrializados y los que primero iniciaron sus procesos de industrialización hace 250 años. Pero hoy también las grandes economías emergentes, como México, China, Sudáfrica o Corea del Sur, entre muchas otras, contribuyen cada vez más con las causas del problema, por lo que su solución solo será posible si también se comprometen a reducir emisiones. Hasta la fecha, México se ha distinguido por avanzar más en el desarrollo de capacidades para enfrentar este problema global. En octubre 2008 el presidente de la República anunció en principio el compromiso de México por incrementar sus esfuerzos hacia una trayectoria de reducción de emisiones que conduzca a disminuirlas 50% en 2050 (compromiso conocido como 50-50), respecto de las emisiones del año 2000, que alcanzaron 644 millones de toneladas de GEI. Esto, que fue ratificado por el Titular de la SEMARNAT en ocasión de la XIV Conferencia de las Partes de la Convención en Poznan, Polonia, en diciembre 2008, implica que México emitiría solamente 320 millones de toneladas hacia el 2050. Por su parte, los países más industrializados tendrán que disminuir entre 60% y 90% sus emisiones hacia el 2050, respecto de lo que emitían en 1990.
¿Es mucho o es poco? Bueno, considerando que los Estados Unidos, la Unión Europea y China, que son los tres mayores emisores del mundo contribuyen respectivamente con casi 7000 millones, más de 500 millones y más de 7000 millones de toneladas de GEI por año, las emisiones totales de México contribuyen con alrededor del 1.6% anual. No es mucho, pero con estas emisiones México ocupa el décimo segundo lugar entre los mayores emisores del planeta.
La humanidad ha llegado a un punto de no retorno pues el cambio climático antropogénico es imparable. Lo único que podemos hacer hoy, es disminuir sus causas (emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera terrestre) y prepararnos para adaptarnos a él en el futuro, evitar sus embates y disminuir los costos de sus impactos. Por eso —dice Nicolás Stern— la mejor estrategia de desarrollo e inversión, hoy, es combatir el cambio climático. Solo así podremos disminuir sus impactos adversos y asegurar la competitividad de la economía mexicana en contextos mucho más complejos de los mercados futuros.