Glocalfilia: 2010, año internacional de la biodiversidad

Los seres humanos formamos parte de la rica trama de la vida en el planeta, somos parte de la biodiversidad y tenemos el poder de preservarla o destruirla. La biodiversidad es esencial para mantener las redes de los sistemas biofísicos que proveen el sustento para nuestro bienestar, salud, alimentación, combustibles y los indispensables servicios de los ecosistemas de los cuales depende nuestra vida. La actividad humana está causando altas tasas de pérdida de la biodiversidad. Esta pérdida es irreversible, nos empobrece y daña los sistemas de soporte de los cuales depende la vida en la Tierra.
Las anteriores son algunas de las razones centrales para que la Conferencia de las Partes (COP) del Convenio sobre Diversidad Biológica (CDB), de las Naciones Unidas, decidiera declarar 2010 como el año internacional de la biodiversidad (www.cbd.int/2010/welcome/).
En tiempos en los que la opinión pública mundial concentra su atención en la solución a la crisis económica y a la seguridad, el cambio climático es el único “sexy” de entre los problemas ambientales, por lo que resulta tan difícil como urgente que el CDB logre atraer suficientemente a la opinión pública mundial a fin de señalar, y modificar, las principales conductas humanas destructivas de la biodiversidad.
Mucho se ha insistido que éste es el problema principal de la crisis ambiental global: la pérdida de biodiversidad; ¡la sexta gran extinción en la historia del planeta! Resultado de las actividades humanas durante centurias, actualmente las tasas de pérdida de biodiversidad son mil veces mayores que las naturales, es decir, si no hubiera presencia humana. La pérdida de biodiversidad se ha agravado sensiblemente por la pérdida de suelos y degradación de tierras, o avance de la desertificación, así como por el calentamiento global, o cambio climático.
La respuesta de la comunidad de naciones ha concentrado sus esfuerzos en tres grandes Convenciones internacionales multilaterales: la Convención de las Naciones Unidas de Combate a la Desertificación (UNCCD: www.unccd.int/; por sus siglas en inglés); la Convención sobre Cambio Climático (CMNUCC: http://unfccc.int/2860.php); y el ya citado CDB (www.cbd.int/).
Estas tres grandes convenciones son igualmente importantes; el estricto cumplimiento de alguna de ellas implica el cumplimiento de las otras. No es posible reducir las tasas de pérdida de biodiversidad sin reducir el avance de la frontera agrícola –forestal, que implica pérdida de suelos productivos, o desertización. No es posible reducir el calentamiento global sin reducir las tasas de deforestación de la vegetación primaria (lo que equivale a preservar hábitat de biodiversidad original), y sin reducir las emisiones por generación y uso de energía, así como por flujo de materiales (lo que equivale a reducir la carga ecológica de Homo sobre la biosfera).
Lo fundamental es el soporte biofísico, que constituye la base de sustentación para la vida y el bienestar de Homo sapiens. El problema de fondo es que Homo se ha convertido en una fuerza que actúa a escala geológica; es capaz de mover más piedra y otros materiales que los grandes ríos del planeta, de transformar paisajes enteros hasta su desertización, de verter más bióxido de carbono en la atmósfera terrestre que los volcanes, hasta modificar el clima, y de propiciar la sexta gran extinción de organismos vivos en toda la historia de la Tierra.
Las emisiones antrópicas de gases de efecto invernadero (GEI) continúan acrecentándose; con ello se incrementan las concentraciones de GEI en la atmósfera terrestre, y a mayor incremento de las concentraciones mayor la temperatura promedio de la superficie terrestre. A mayor la temperatura promedio superficial global, mayores los fenómenos meteorológicos extremos (ciclones, tornados, sequías) y mayor el avance de la desertización. El Acuerdo de Copenhague propone 2 grados Celsius como límite máximo aceptable; se entiende que alrededor de este límite se tejerían todas las metas específicas y los medios de implementación para lograrlo. Es un desafío tremendo, pero si la comunidad internacional no logra un acuerdo a tiempo todos saldremos perdiendo en un futuro próximo y previsible.
México no logró todavía aparecer en escena en Copenhague, excepto porque se aprobó sea la sede de la décimo sexta Conferencia de las Partes (COP-169. No obstante su calidad de anfitrión para la COP-16 de fines de noviembre 2010, México todavía no da color acerca de cómo asegurará puentes de comunicación entre los principales agrupamientos de las Partes, cómo propone se aborden los temas prioritarios, qué iniciativas presentará al respecto. ¿Se conformará una oficina ad hoc? ¿Quién la encabezará?
Si para la climática COP-16 México todavía no da color, y ello no obstante sea la sede de la reunión, ¿qué podemos esperar del año internacional de la biodiversidad en México y en el mundo? Parece que desafortunadamente poco. A menos que cuanto antes se definan los liderazgos y se abran los espacios para hacer concurrir los diversos batallones de especialistas que trabajan en materia de biodiversidad, combate a la desertificación y combate al cambio climático, en el marco de un esquema abierto y participativo que permita multiplicar esfuerzos, no dividirlos. México dispone de mucha gente sabia y muchos especialistas en estos temas. Toca a los especialistas en políticas económicas y macroeconómicas involucrarse plenamente, a fin de establecer sinergias constructivas para el desarrollo económico de México, en términos de aprovechamiento del necesario recambio tecnológico hacia una economía baja en carbono, así como de ocupación de nichos estratégicos en los mercados mundiales futuros. Muchos de estos nichos estratégicos tienen que ver con la biodiversidad; los especialistas de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso Sustentable de la Biodiversidad (Conabio: www.conabio.gob.mx/ & www.biodiversidad.gob.mx/) disponen de múltiples ejemplos en tal sentido.
México está obligado a construir un adecuado liderazgo que facilite el encuentro de buenos equilibrios entre las diversas posiciones, ya que para el segundo periodo de cumplimiento de la CMNUCC se trata de involucrar los esfuerzos de reducción de emisiones y de reducción de la vulnerabilidad de todas las Partes, sean países desarrollados o países en desarrollo. Esto implica, de manera ejemplar, a los Estados Unidos de América y a China, quienes respectivamente produjeron el 16 y el 16.6 por ciento de las emisiones mundiales en 2005 (http://cait.wri.org/), un tercio del total mundial.
En este orden de ideas, la COP-16 es una gran oportunidad para elevar el grado de visibilidad y de importancia política del problema de la biodiversidad. Para informar y convencer de por qué proteger y preservar la biodiversidad en México es muy buen negocio a futuro. Implica mantener y fortalecer ecosistemas que amortiguan impactos adversos del cambio climático (como los arrecifes coralinos y los manglares), lo que reduce costos de adaptación. Implica preservar y ampliar la cobertura vegetal a fin de acrecentar la captura de CO2 y aprovechar los mercados de carbono del futuro. Implica preservar la biodiversidad para aprovechar valores de opción a futuro como moléculas para la industria químico –farmacéutica, sistemas orgánicos para combustibles, o genes para la producción de alimentos, etcétera. Y sobre todo implica aprovechar su valor de uso indirecto para preservar los servicios ambientales de los ecosistemas y reducir nuestra vulnerabilidad.

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