Glocalfilia: Historia verde del mundo
Lunes, 30 de Noviembre de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
La historia del mundo es una de fantásticos orígenes, evolución y resultados. Alrededor de 15 mil millones de años, desde el big bang, calculan los astrofísicos tiene la historia del universo; poco más de cuatro mil millones de años, estiman los geólogos tiene la historia de la Tierra.
Carl Sagan lo ilustró con elocuencia (www.carlsagan.com) en su famosa serie televisiva Cosmos. Si el big bang inició el primer momento del 1º de enero del “año cósmico”; en marzo se habría formado la vía láctea (nuestra galaxia); en agosto, el sol y los planetas; en septiembre, los primeros organismos unicelulares; en noviembre, los primeros multicelulares; el 17 de diciembre los primeros vertebrados y el 18 las primeras plantas terrestres. Muy cerca del “fin de año cósmico”, el 29 de diciembre, habría ocurrido la extinción de los dinosaurios, debida a la colisión de un meteorito del tamaño del monte Everest en el noroeste de la península de Yucatán, que provocó tsunamis de kilómetros de altura, vulcanismo y una glaciación casi instantánea. Así, a las 10 horas con 15 minutos del 31 de este diciembre cósmico habrían aparecido los simios, a las 22 horas y 48 minutos los primeros Homo y, hasta las 23:54, el Homo sapiens.
¿Excesiva figura ilustrativa para hacernos una idea de lo que es la evolución de la vida en la Tierra? Quizás, pero ella permite calibrar que, durante menos del último “segundo cósmico” (equivalente a 476 años), el ser humano se ha hecho cargo de destruir sus propias bases de existencia. Porque ahora, siglo XXI, reconocido el origen antrópico del cambio climático global, tampoco puede eludirse que la crisis ambiental global es igualmente antropogénica, de la cual el calentamiento global no es más que la calentura de una “enfermedad” de la biosfera que se ha vuelto crónica (Glocalfilia 24/11/209).
Cómo ocupó el Homo sapiens, crecientemente, todos los rincones habitables del planeta, y cómo ha explotado cada vez más intensivamente sus recursos, es una historia ya narrada por muchos. Destacan Jared Diamond (Armas, gérmenes y acero; Colapso, Por qué unas civilizaciones perduran y otras desaparecen), Thomas Martin (Historia verde, El futuro del pasado), y Clive Ponting (Historia verde del mundo, El medio ambiente y el colapso de grandes civilizaciones).
Ya hemos comentado aquí dos extraordinarias obras de Jared Diamond (Glocalfilia 14/04/2009). Por su parte, las obras de Martin y Ponting valen la pena porque discuten la formación histórica de la cosmovisión antropocentrista que resulta de la visión teleológica griega –el orden de la naturaleza tiende a formas cada vez más “perfectas” que conducen al hombre–, y de la visión judío-cristiana de que todo lo que hay en el mundo pertenece al ser humano. Los versículos 26, 28 y 29 del Génesis indican claramente que el hombre debe ser fecundo, multiplicarse, llenar la tierra y someter a todos los seres vivientes que en ella habitan. El concepto actual de “progreso” continúa apoyándose en esta vieja y rancia cosmovisión. A tal punto que el mismo concepto de “medio ambiente” se construye durante las últimas décadas considerando a la naturaleza como algo distinto al ser humano, a la cual éste debe “vencer” si quiere “progresar”.
Pero, ¿qué significa “progresar”? ¿Este mundo que Homo sapiens se ha construido? ¿Su capacidad para transformar paisajes completos y agotar los bienes terrenales que constituyen su sustento? ¿Incrementar indefinidamente el flujo promedio de energía y materiales per cápita? ¿Posibilitar el acceso pleno a este “bienestar” a sólo el 10 por ciento de la población humana, mientras que el 40 por ciento permanece marginada y en pobreza extrema? Más allá de la explicación bipolar y maniquea de la posguerra, algo está muy torcido y errado cuando la economía global se anota este “bienestar” en calidad de “logro”.
La historia verde del mundo es una crítica de cómo el Homo sapiens se ha apropiado los recursos de la Tierra, particularmente los recursos biológicos, y cuánto de ellos ha perseverantemente destruido con el fin de apropiárselos. Una historia de sucesivos agotamientos en diversas zonas del planeta, que han provocado colapsos recurrentes de poblaciones y civilizaciones. Entre diversos casos bien documentados por Ponting, los de la fértil llanura entre dos ríos, Mesopotamia, o del granero de Roma, Cartago, son típicos: los bosques y paisajes verdes preceden a las civilizaciones, los desiertos las suceden. Mientras la población humana fue relativamente pequeña bastaba con emigrar hacia nuevos horizontes; después fue necesario colonizar zonas ya ocupadas mediante guerras y exterminios, lo que devino una constante desde hace cinco mil años y aplicado durante los últimos 500 en casi todo el planeta por los europeos. Las recientes guerras por petróleo son muy ilustrativas; más lo serán aún las que se anuncian por agua y otros recursos agotables.
Ahora que el planeta se nos hizo pequeño ya no hay para dónde hacerse. Todas las soluciones tradicionales, ante el agotamiento de los bienes terrenales, dejaron de serlo. Esto ya es muy claro con una población global de poco más de 6 mil 800 millones de almas hoy día. ¿Qué puede preverse conforme la población continúa su crecimiento hacia los 9 mil 300 millones que, conservadoramente, se esperan para mediados del siglo XXI?
Muchos líderes del mundo se reunirán la próxima semana en Copenhague para intentar una “declaración política” que oriente las soluciones globales ante el cambio climático. Pero este debate se mantiene totalmente al margen de las soluciones que los mismo líderes intentan frente a la crisis económica global en curso.
Aquí en México la situación es particularmente complicada, pues además de que los discursos políticos sobre la crisis ambiental y la economía se mantienen en pistas totalmente separadas, toda la energía de la política se mantiene en los intereses de corto plazo de los actores en escena. Algo que podría denominarse el síndrome Juanito. Entre tanto, el último “segundo cósmico” pasará volando...
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