Glocalfilia: Población, pobreza, mujeres y crisis ambiental global

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) publicó la semana pasada el informe 2009 sobre el Estado de la Población Mundial (EPM: www.unfpa.org.mx), que en esta ocasión aborda como tema central las relaciones entre el cambio climático y la desfavorecida situación de la población femenina en el mundo.
Este informe les propone a los negociadores multilaterales —de la décimo quinta Conferencia de las Partes (COP15) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC)—, tomar en cuenta las cuestiones de población y de género, a fin de adoptar un enfoque más amplio y con mayores matices respecto de los impactos adversos previsibles del calentamiento global, particularmente en relación con los grupos humanos más vulnerables.
La propuesta del EPM-2009 parece totalmente pertinente, y urgente, ya que el problema de fondo de la crisis ambiental global antropogénica es la dinámica de la población humana. El cambio climático es una suerte de “calentura”, síntoma de una “enfermedad” más profunda de la biosfera que consiste en que un primate, Homo sapiens, con un éxito demográfico sin precedentes, ha hecho caer a pedazos la mitad de la cobertura vegetal original (con la consiguiente sexta gran extinción de biodiversidad en la historia de la Tierra), y ha transgredido ciclos biogeoquímicos y otros umbrales planetarios del Holoceno.
Tuvimos que esperar 50 años para que el problema de la cuestión demográfica aparezca nuevamente sobre una mesa de negociaciones de la Organización las Naciones Unidas (ONU). Los países en desarrollo tradicionalmente se opusieron a asumir este problema en el marco de los órganos de la ONU. Durante décadas, el argumento de: “no nos vengan a decir cómo administrar nuestras poblaciones y menos indicarnos no crecer, cuando ustedes ya lo hicieron en el pasado y ahora les resulta fácil porque sus poblaciones envejecen”, resultó impecable para rechazar las iniciativas de control demográfico que los países desarrollados propusieron durante los años 1960. Posteriormente, abordar el asunto en foros internacionales se convirtió en la primera expresión de lo políticamente incorrecto.
Pero después de 50 años, con una población mundial que pasó de 3 mil millones en 1960 a más de 6 mil 800 millones de habitantes en nuestros días, y a la que todavía se agregarán otros 2 mil 700 millones más hacia 2050, no queda duda que el control demográfico constituye una pieza clave en la construcción de nuestro futuro común. Acompañado del incremento incesante del consumo de energía y materiales per cápita, el crecimiento de la población es la más importante fuerza conductora del cambio global. La mayor parte del crecimiento poblacional tiene y tendrá lugar en los países en desarrollo, así como la mayor parte de las emisiones futuras de gases de efecto invernadero (GEI). De modo que las asimetrías tradicionales pasaron y el futuro se configurará con nuevos pesos y contrapesos, acomodados de distinta manera; a la coyuntura del presente corresponde diseñar y decidir las rutas hacia el futuro posible.
En relación con la pobreza en el mundo, aquéllos que sufren hambre disminuyeron de mil 250 millones en 1990 a 986 millones en 2004 (http://earthtrendsdelivered.org/node/290), lo que representa un progreso significativo considerado el crecimiento de la población mundial durante el periodo. No obstante, hoy día alrededor de 2 mil 600 millones de personas viven con un dólar o menos al día; es decir, ¡el 38 por ciento de la humanidad se encuentra en pobreza extrema! Será muy difícil evitar que esta deuda social de la economía se acreciente en el futuro, debido al efecto combinado del crecimiento poblacional y de la escasez de recursos renovables que propiciará la crisis ambiental global, particularmente el cambio climático.
Algunas cifras del informe EPM-2009 resultan indicadoras de hacia dónde debieran orientarse las intervenciones de los poderes públicos en el futuro. Mientras que los 500 millones de personas que concentran el 80 por ciento del producto mundial y contribuyen otro tanto con las emisiones globales de gases de efecto invernadero, los 2 mil 600 millones que viven en pobreza extrema emiten solamente el 3 por ciento. Cientos de millones de personas tendrán que adaptarse a los impactos adversos previsibles del cambio climático pero, ¿se verán obligados los que menos contribuyen al problema a pagar los costos mayores? ¿Se verán las mujeres obligadas a soportar una parte desproporcionada de las dificultades?
El informe propone concretamente cinco medidas a los negociadores de la COP15 en Copenhague: (1) promover una mejor comprensión de la dinámica y estructura de la población; (2) financiar completamente los servicios de planificación familiar y suministro de anticonceptivos; (3) asignar prioridad a la investigación en materia de estructura y dinámica de la población en su relación con el cambio climático; (4) prevenir y preparar las migraciones resultantes del cambio climático, y (5) integrar las consideraciones de género en las actividades de mitigación y de adaptación.
Los patrones dominantes de consumo, producción y gobernanza permiten que uno, de cada 10 seres humanos, acceda a los beneficios del desarrollo tecnológico y a niveles satisfactorios de bienestar, pero dejan a cuatro en pobreza extrema. El 10 por ciento de la humanidad con mayores ingresos carga con la mayor parte de la huella ecológica global. El futuro no será posible sin modificar profundamente este estado de cosas. Más allá de contar con verdaderos sistemas de planeación (capacidad inexistente en México), la adaptación al cambio climático requerirá superar la noción tradicional de progreso, ajustar los estándares de bienestar a un mundo que se hizo pequeño, reducir radicalmente la desigualdad, y modificar los valores culturales que propician la insustentabilidad del desarrollo. El futuro nos alcanzó y a esta generación toca la difícil tarea de sentar las bases para un cambio civilizatorio.
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