Glocalfilia: Transgresión de umbrales planetarios y población humana global
Lunes, 28 de Septiembre de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
Luego de la revolución neolítica, hace 10 mil años concluyen el Pleistoceno y la última glaciación. Comienza un periodo geológico inusualmente estable –denominado por los geólogos Holoceno–, lo que permite al Homo sapiens inventar la agricultura e iniciar la civilización que conduce a nuestros días. Nuestra civilización ha sido posible durante un periodo interglaciar en el que la temperatura superficial promedio de la Tierra se mantuvo entre 14.5 y 15.5 centígrados.
Las concentraciones de bióxido de carbono en la atmósfera terrestre se habían mantenido, durante cientos de miles de años, en 280 partes por millón (ppm: número de moléculas de cada gas de la atmósfera por cada millón de moléculas de aire). Pero de la revolución industrial a la fecha la civilización humana vertió más de un billón de toneladas de gases de efecto invernadero (GEI) y, en unas cuantas décadas, incrementó estas concentraciones a casi 390ppm e inició un calentamiento global antropogénico.
Durante el Holoceno los cambios ambientales sucedían de manera natural, y las capacidades reguladoras de la Tierra mantuvieron las condiciones para el florecimiento de la civilización humana. Pero el éxito demográfico y artificial de Homo sapiens, de la revolución industrial a la fecha, lo constituyó como una fuerza a escala geológica de cambio global que modificó la estabilidad climática, la disponibilidad de tierras y aguas para la producción de alimentos, y la integridad de los ecosistemas. Llegó el Antropoceno, la época del desequilibrio antropogénico sobre las capacidades reguladoras de la biosfera, lo que implica inevitables costos económicos y sociales. Pero entonces ¿será posible regresar a las condiciones de estabilidad del Holoceno?
Recientemente se ha propuesto que sería posible mantener las condiciones de estabilidad de la biosfera que imperaron durante el Holoceno, siempre y cuando se respeten umbrales planetarios que nunca debieran exceder las actividades humanas. Estos umbrales tienen que ver con (Rockström et al. Nature 461 del 24/09/2009) nueve procesos: (1) ciclo del carbono y cambio climático; (2) capa de ozono; (3) concentraciones de aerosoles en la atmósfera; (4) acidificación y productividad de los océanos; (5) ciclo del agua y recursos hídricos; (6) ciclos biogeoquímicos del nitrógeno y el fósforo; (7) contaminación química; (8) cambio de uso del suelo; y (9) tasas de extinción de la biodiversidad.
Estos procesos pueden generar cambios no lineales, incluso abruptos, cuando se sobrepasan valores críticos de ciertas variables, o bien éstas actúan de manera combinada. No obstante en algunos casos –como la pérdida de biodiversidad o el cambio de uso del suelo– sea difícil establecer unidades de medida para umbrales críticos precisos, es indispensable estimar (o convenir) los valores críticos de las variables claves, así como conocer los mecanismos asociados al comportamiento de estos nueve procesos. La idea consiste en mantener, dentro de límites suficientemente seguros y distantes de los umbrales planetarios, los espacios de la biosfera que ocupa Homo sapiens, de tal modo que las actividades humanas no profundicen los desequilibrios. Con macro indicadores de esta naturaleza ¿cuál sería la situación global actual?
Al menos tres de los umbrales planetarios han sido ya transgredidos. El cambio climático, debido a las miles de millones de toneladas de GEI emitidas globalmente todos los años, que acrecentaron en casi 100 partes por millón las concentraciones de CO2 en la atmósfera terrestre, respecto de las concentraciones preindustriales. El ciclo del nitrógeno, debido a los millones de toneladas de N2 atmosférico que se extraen de la atmósfera todos los años para fines agrícolas e industriales, y que buena parte termina en los océanos y otros cuerpos de agua. La pérdida de biodiversidad presenta el mayor exceso –estimada en más de 100 especies, por cada millón de especies por año (mil veces superior a las tasas preindustriales de extinción).
Otros umbrales se encuentran en situación más o menos cercana a la transgresión. El ciclo del fósforo se encuentra muy próximo debido a los millones de toneladas anuales que se vierten a los océanos. La capa de ozono se ha recuperado pero todavía no completamente, y se trata de un umbral ya transgredido en décadas pasadas. La acidez de los océanos se ha incrementado debido a las emisiones antropógenas de bióxido de carbono, y actualmente se encuentran próximos a estado de saturación (lo que acelerará el incremento de concentraciones en la atmósfera al perder los océanos su capacidad de captura de CO2). En el caso de cambio de uso del suelo todavía puede estimarse potencial dentro de ciertos márgenes de seguridad, particularmente para la agricultura –pero no hay que olvidar que prácticamente la mitad de la superficie de cobertura vegetal original Homo sapiens la ha transformado o destruido. La deforestación, la degradación de tierras, la contaminación química y el cambio climático afectan seriamente el ciclo del agua y la disponibilidad de los recursos hídricos, por lo que el ciclo del agua no se encuentra lejano de los umbrales de transgresión. Finalmente, todavía no existen indicadores apropiados suficientes para evaluar la situación de los aerosoles en la atmósfera, o de la contaminación química (orgánicos persistentes, metales pesados, disruptores endocrinos, plásticos, residuos radioactivos, etcétera).
En este orden de cosas la situación de México no es muy distinta, aunque en algunos procesos se encuentre más próximo a transgredir umbrales que lejos de hacerlo. Es el caso de la contaminación por sustancias químicas, la degradación de ecosistemas, la disminución de la disponibilidad del agua y la pérdida de biodiversidad.
Habida cuenta que la población global pasará de casi 7 mil millones de habitantes hoy día, a más de 9 mil 300 millones en 2050, la presión del consumo crecerá. Así, los escenarios tendenciales que pueden derivarse de la situación actual, descrita con base en estos nueve “umbrales planetarios”, indican que la situación futura será de mayor desequilibrio, propia del Antropoceno. Por consiguiente, mucho mayores deberán ser los esfuerzos de la comunidad internacional para revertir estas tendencias. Las negociaciones multilaterales en curso, conducentes al establecimiento de las reglas del periodo post Kyoto para combatir el cambio climático –que encontrarán su clímax en diciembre en Copenhague–, son solamente un capítulo del paquete de instrumentos planetarios que la comunidad internacional debe construir si deseamos regresar a la estabilidad del Holoceno...
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