Glocalfilia: Fallas de mercado, insustentabilidad global o intervención gubernamental
Lunes, 14 de Septiembre de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
La reciente publicación de Capital Natural de México y del Programa Especial de Cambio Climático, así como la consulta pública en curso sobre el Programa de Ordenamiento Ecológico General del Territorio, traen a cuento algunas observaciones críticas de Paul Krugman (New York Times del 2 de septiembre) acerca de cómo los economistas han contribuido a que llegásemos a la crisis económica global actual.
Narra Krugman que, todavía hasta hace muy poco tiempo, importantes líderes economistas se relamían los bigotes por supuestos grandes éxitos teóricos y prácticos. En el campo teórico, por ejemplo, todavía hasta mediados de 2008 el economista en jefe del Fondo Monetario Internacional, Olivier Blanchard, se congratulaba de que la situación macroeconómica fuese saludable y que sobre ella los economistas hubiesen logrado –por fin– una visión convergente. En el terreno práctico otros reconocidos economistas, entre ellos Robert Lucas, de la Asociación Americana de Economía, y Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal Americana, declaraban que el problema central de prevenir una depresión estaba definitivamente resuelto.
Sin embargo, en la segunda mitad de 2008 una realidad distinta se impuso...
Pocos analistas económicos vieron llegar la crisis. Pareciera –señala Krugman– que una suerte de “ceguera profesional” domina e impide prever y evitar las fallas de mercado que, por la magnitud y amplitud de los costos sociales que producen, debieran evitarse a toda costa. Parte del problema es que ninguno de los modelos macroeconómicos en boga sugiere la posibilidad de crisis económicas globales como la que vivimos desde 2008. Las opiniones se dividen entre quienes mantienen la creencia de que las economías de mercado funcionan mejor en la medida que sean “libres” (no intervención gubernamental), y quienes creen que las fallas de mercado las resolverá indefinidamente una poderosa reserva federal. Pero ¿qué hacer cuando la economía descarrilla no obstante inmensos esfuerzos de los fondos públicos?
Los economistas –continúa Krugman– perdieron la brújula en el análisis desde hace mucho tiempo cuando, después de la Gran Depresión y cada vez mejor ataviados con impresionantes herramientas matemáticas, se aferraron a una visión del capitalismo como el sistema económico más perfecto posible. Visión económica que resulta insostenible al menos desde el punto de vista del desempleo crónico, pero que el análisis económico dominante continúa explicando como la “interacción de individuos racionales en mercados perfectos” (whatever that means).
Desafortunadamente, esta visión dominante impidió prever, y prevenir, que las cosas derivasen hacia los derroteros de la crisis económica global en curso. Porque la “racionalidad humana” conduce a situaciones conflictivas, las instituciones no siempre actúan ordenadamente, los mercados fallan y los esquemas regulatorios también. En términos prácticos –propone Krugman–, la suposición de que la teoría económica puede resolver todos los problemas debe abandonarse; en su lugar debiera asumirse una actitud más cautelosa –y preventiva– al proponer orientaciones a las políticas macroeconómicas.
La emergencia de la economía como disciplina se acredita generalmente a Adam Smith, quien publicó La riqueza de las naciones en 1776. Puede observarse –añade Krugman– que durante el siguiente siglo y medio la economía desarrolló un gran edificio teórico fundado en un mensaje central: “confiar en los mercados”. Aunque la teoría económica reconozca que en muchos casos los mercados fallan, particularmente en el caso de las externalidades –los costos que algunos imponen a otros, como la contaminación o el tráfico urbano–, el supuesto central de la economía neoclásica se mantiene: “confiar en el sistema de libre mercado”. No obstante que esta suposición fuera destrozada desde la Gran Depresión, todavía hoy, en medio de la crisis, algunos economistas mantienen la creencia en que, pase lo que pase, la economía de libre mercado es la vía correcta.
Ante esto –concluye Krugman– muchos otros economistas adhieren las razones de John Maynard Keynes para explicar lo sucedido y prever soluciones a futuras depresiones. Es importante recordar que, en contra de cierta creencia generalizada, Keynes nunca promovió la idea de que los gobiernos se hicieran completamente cargo de la economía; su propuesta (en su obra capital de 1936 Teoría general del empleo, el interés y el dinero) consiste en controlar el capitalismo, no en remplazarlo. La idea que Keynes sí desafió es la de que las economías de libre mercado puedan funcionar apropiadamente sin supervisión, particularmente los mercados financieros –que él reconocía como dominados por intereses especulativos de corto plazo. Por ello Keynes apela a la intervención gubernamental para prevenir y resolver las fallas de mercado, y así evitar los costos sociales derivados, particularmente el desempleo.
En la coyuntura global actual, a los costos sociales tradicionales derivados de las fallas de mercado –la pobreza y el hambre que acosa a más de una sexta parte de la humanidad y el desempleo que prevalece incluso en las economías más desarrolladas– ahora se suman la pérdida de capital natural, la degradación ambiental y el cambio climático. Este último, cuyo coste mínimo ha sido estimado en uno por ciento del Producto Interno Bruto ahora y para siempre, es resultado de la mayor falla histórica de mercado: precios de combustibles fósiles que no internalizan los costos económicos y sociales del calentamiento global.
Ante el cambio climático y la crisis ambiental global la cuestión no es, pues, si debe o no existir intervención gubernamental en los mercados, sino ¿de qué tamaño debe ser la intervención gubernamental para resolver las fallas de mercado que degradan las bases de sustentación de la vida y el bienestar humanos?
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