Glocalfilia: Medio ambiente, externalidades y dos tipos de políticas públicas

El capital natural, ese universo indispensable para que la economía y el bienestar humano sean posibles, estará en el centro de la atención pública global este viernes 5 de junio, con la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente, del cual México es la sede internacional este año.
El Día Mundial del Medio Ambiente fue establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1972, en ocasión de la Conferencia de Estocolmo, primera Cumbre Mundial sobre Medio Ambiente Humano. Se creó entonces el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) y, desde aquel año, década a década, estas cumbres marcan progresivamente avances hacia un nuevo contrato del Homo sapiens con la naturaleza.
En la década de los ochenta, el Reporte Brundtland: Nuestro destino común (www.un-documents.net/wced-ocf.htm), desarrolló el concepto de desarrollo sustentable. En la década de los noventa, la Cumbre de Río de Janeiro produjo la Declaración que lleva su nombre sobre medio ambiente y desarrollo, la Agenda XXI (www.un.org/esa/sustdev/documents/agenda21/), y las tres grandes Convenciones ambientales internacionales: cambio climático (http://unfccc.int); biodiversidad (www.cbd.int); y lucha contra la desertificación (www.unfccd.int). Este proceso de las Naciones Unidas ha continuado, entre otros instrumentos, con Hábitat, el programa sobre asentamientos humanos y ciudades (www.unhabitat.org/); con los Objetivos de Desarrollo del Milenio (www.un.org/millenniumgoals/); con la Evaluación del Milenio sobre Ecosistemas (www.millenniumassessment.org/); y con la Evaluación Internacional sobre el Conocimiento, la Ciencia y la Tecnología Agrícolas para el Desarrollo (www.agassessment.org/).
Esta breve lista de instrumentos internacionales multilaterales, sin ser exhaustiva, indica la gran atención que el mundo invierte en evaluar la situación del capital natural y en desarrollar una nueva comprensión de la economía, su potencial y sus límites.
Sin lugar a dudas –y no obstante la pérdida de biodiversidad sea la más grande tragedia de entre los bienes comunes globales–, el cambio climático constituye el mayor desafío que la humanidad enfrentará este siglo para asegurar su desarrollo, y el bienestar de al menos 9 mil 300 millones de habitantes hacia 2050. A partir de la campaña desarrollada por Al Gore sobre “una verdad incómoda” en 2006 (www.algore.com/), así como la publicación en 2007 del Cuarto Reporte de Evaluación del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (www.ipcc.ch/ipccreports/ar4-syr.htm) y la Economía del Cambio Climático de Sir Nicholas Stern (www.hm-treasury.gov.uk/stern_review_report.htm), la opinión pública mundial franqueó la línea de la incertidumbre e incredulidad, para reconocer plenamente que el cambio climático está ahí, derivado de las actividades económicas humanas. También reconoció que el tamaño de sus impactos adversos previsibles –con todos los costos económicos y sociales que les acompañan– dependerá de las decisiones que los sistemas políticos y económicos humanos sean capaces de adoptar antes que concluya esta primera década del siglo XXI. Debido a lo anterior, el tema del Día Mundial del Medio Ambiente para 2009 es: “Su planeta lo necesita a usted Unido para combatir el cambio climático” (www.unep.org/wed/2009/spanish/content/about.asp).
Aunque México es la sede de la celebración este año, aquí son muy pocos los tomadores de decisiones que entienden el sentido de urgencia por modificar la orientación de las políticas públicas, a fin de adaptar nuestras prioridades de desarrollo a los tremendos cambios que vienen. Cambios anunciados en el texto de negociación que la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) considerará durante sus reuniones de las dos primeras semanas de junio (http://unfccc.int/resource/docs/2009/awglca6/eng/08.pdf), preparatorias de lo que decidirá la Conferencia de las Partes en Copenhague el próximo diciembre. Mientras el mundo se prepara para estos grandes cambios, ¿qué pasa con la tan esperada publicación del Programa Especial de Cambio Climático 2009-2012 (PECC) de México? La consulta pública del PECC concluyó el pasado 12 de abril, pero la opinión pública no ha recibido noticias claras al respecto.
En el contexto de un año de elecciones intermedias, y en medio de una crisis económica global, los partidos políticos no entienden nada acerca del gran golpe de timón que se requiere para iniciar el proceso de descarbonización de la economía global. Y nuestros hacedores de políticas económicas y macroeconómicas reaccionan limitados a los tradicionales resortes neoliberales en la búsqueda de “soluciones a la crisis”.
Es la historia de siempre, coexisten dos tipos contradictorios de políticas. Por una parte, las políticas públicas que tienen a su cargo el fomento productivo de las actividades económicas (Sener, SCT, Sagarpa) disponen de los mayores presupuestos y definen la orientación del desarrollo. Por otra parte, las políticas públicas que tienen a su cargo resolver las externalidades negativas (Salud, Semarnat, Sedesol) que las primeras generan, disponen de presupuestos minúsculos y carecen de instrumentos con capacidad para orientar el desarrollo. Estas externalidades negativas tienen que ver con problemas de salud, de disponibilidad de agua, de seguridad alimentaria, de seguridad ambiental y con el cambio climático.
Las externalidades son beneficios o costos que no se reflejan en los precios de mercado. Un ejemplo de externalidad beneficiosa sería el caso un productor con un huerto de árboles frutales y otro con una granja productora de miel de abeja. Las abejas contribuyen a la polinización de los árboles frutales, y las flores de éstos surten de néctar a las abejas. Así, cada productor recibe beneficios por la actividad económica del otro, y el costo de este beneficio queda fuera de consideración de los costos de producción y no se refleja en sus precios de mercado.
El caso clásico de externalidad negativa es la contaminación, que prácticamente todas las actividades económicas generan. Por ejemplo, una empresa “X” utiliza aguas de un río y a él las devuelve usadas sin tratamiento; los pobladores y las actividades económicas río abajo reciben el agua contaminada, y como la empresa X no paga los costos de saneamiento, éstos constituyen una externalidad negativa. Los costos derivados de externalidades negativas, no asumidos por los mercados, configuran “fallas de mercado”.
En La Economía del Cambio Climático, Sir Nicolás Stern demostró que este fenómeno es resultado de la mayor falla histórica de mercado, ya que los precios de los combustibles fósiles nunca han incorporado los costos que derivan de su uso intensivo: el calentamiento global, que es una externalidad negativa global.
¿Cómo se distribuirán los costos de remediación (reducción de emisiones de gases invernadero y adaptación ante los impactos adversos) de esta externalidad global? ¿Se puede evitar el pagar estos costos? La respuesta a la primera pregunta se definirá en el seno de las negociaciones en curso de la CMNUCC, cuya definición general deberá adoptarse el próximo diciembre en Copenhague. La respuesta a la segunda pregunta es que nadie, ningún país podrá evitar pagar los costos derivados del calentamiento global; y que entre más tardemos en iniciar la remediación más cara nos resultará en el futuro. ¿Qué esperamos pues para iniciar la adecuación de nuestras políticas públicas? ¿Sabremos algo del PECC este Día Mundial del Medio Ambiente?
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