Glocalfilia: Gestión integral de riesgo en el siglo XXI
Lunes, 11 de Mayo de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
¿Cuáles son los principales peligros que acechan a la humanidad en el siglo XXI? ¿Cuáles son los riesgos para una economía globalizada? ¿Cuáles y de qué tamaño son los peligros por la crisis ambiental global? ¿Cuáles los riesgos por el cambio climático antropogénico? ¿Qué probabilidad existe de que se repitan eventos del tipo de septiembre 11 en Nueva York? Estas cuestiones tienen que ver con las capacidades de gestión de riesgo que, en el siglo XXI, debiera ser integral.
Los peligros existen desde siempre y las preocupaciones de quedar expuestos a ellos remontan desde los orígenes del Homo sapiens, que debía tener buen cuidado de no exponerse a los peligros de la naturaleza, fueran estos predadores, fenómenos naturales, o congéneres hostiles. La referencia histórica más antigua de consideración de riesgos corresponde aparentemente a los Asipu, grupo de sacerdotes encargados hace más de cinco mil años de evaluar los riesgos asociados a decisiones políticas y económicas en Mesopotamia, para lo cual echaban mano de datos diversos, entre ellos las señales de los dioses. Esta historia se repite en otras civilizaciones con oráculos o ministros de culto adivinatorio.
La incertidumbre respecto de cuánto se puede ganar o perder en determinadas empresas económicas y políticas condujo a desarrollar el concepto de riesgo y a plantearse el problema de cómo medirlo. El razonamiento es que si un actor económico o político arriesga tanto más cuanto en tal o cual empresa, tiene derecho a reclamar una parte de las ganancias, parte proporcional a la magnitud del riesgo asumido. El problema consiste entonces en establecer unidades de medida respecto de la dimensión del peligro –qué o cuánto se puede perder– por asumir tal o cual riesgo en caso de que el resultado sea adverso. En unos casos se puede perder poder político; en otros, poder económico; y en otros más, la vida misma.
Por su parte, durante milenios los juegos de azar estimularon el pensamiento para cuantificar las probabilidades de obtener diferentes resultados, particularmente la probabilidad de ganar, aunque el estudio científico de las probabilidades es un desarrollo moderno que iniciaron en el siglo XVII Pierre de Fermat y Blaise Pascal, mediante el cual puede medirse la posibilidad de que ocurran determinados eventos. Cuando se trata de eventos que modifican la capacidad de los seres humanos para lograr objetivos explícitos, la valoración del riesgo se basa en estadísticas de frecuencias de ocurrencia de tipos de eventos que afectan dicha capacidad.
Lo anterior ha conducido a toda una teoría de evaluación y análisis de riesgos, sean éstos financieros, económicos, de ingeniería, demográficos, o sobre la integridad de las personas y sus bienes. En el siglo XX, las aseguradoras y las grandes instituciones financieras desarrollaron importantes aplicaciones en el análisis de riesgos económicos y financieros que, a su vez, tienen que ver con riesgos de desabasto de materias primas, de cumplimiento de garantía de productos, de enfermedad y mortandad de las personas, y de impactos adversos derivados de fenómenos naturales o de accidentes por causas humanas; es decir, riesgos económicos que involucran riesgos sociales. Se pasó así de una idea absoluta sobre el peligro a un concepto relativo del riesgo, enfoque moderno de la prevención y el control de las consecuencias futuras de la acción humana, que incluye el cálculo de la probabilidad de que se materialice un peligro, probabilidad que depende entre otros factores de la capacidad de control sobre sus causas.
Pero ¿qué capacidad tenemos de controlar las causas de los peligros que nos acechan? La población de Homo sapiens se sextuplicó en tan sólo 170 años al pasar del primer millar de millones de habitantes en 1830 a seis mil millones en 2000, a los cuales –de acuerdo con la proyección del escenario intermedio de las Naciones Unidas– se añadirán otras dos mil 900 millones de almas más hacia el horizonte 2050. Este crecimiento vertiginoso de la población constituye la principal fuerza conductora de una globalización moldeada por el desarrollo de los mercados internacionales y por políticas macroeconómicas insustentables, que incrementan y concentran la riqueza en pocas manos tanto como acrecientan la degradación de ecosistemas, la desigualdad, la pobreza y la inseguridad.
Hacia mediados de siglo habrá que alimentar a nueve mil millones de seres humanos, asegurarles vivienda, salud, acceso a servicios de agua potable y electricidad, al menos. ¿Podrá la biosfera soportar tal capacidad de carga, de demanda de materias primas y de digestión de desechos? En un contexto de crisis ambiental y de cambio climático es alto el riesgo de que la demanda humana, que crece exponencialmente, exceda las capacidades de la biosfera para asegurar la oferta de estos bienes y servicios ambientales. Además, el calentamiento global incrementará la vulnerabilidad de los sistemas humanos: en las zonas costeras por impactos adversos atribuibles a fenómenos hidrometeorológicos extremos, intrusión salina, e inundaciones en tierras bajas; en zonas áridas y semiáridas por insuficiente disponibilidad de recursos hídricos; en las zonas industriales por posibles desabastos de materias primas y en las zonas urbanas por desabasto de alimentos. Todo ello incrementará los riesgos económicos y financieros. Si además consideramos los riesgos de epidemias y pandemias, de acrecentadas presiones migratorias, de posibles actos terroristas y de situaciones de ingobernabilidad, los escenarios son profundamente preocupantes.
Las formas específicas de desarrollo económico desigual y desordenado de la revolución industrial a la fecha, particularmente desde la segunda mitad del siglo XX, hacen cada vez más vulnerables a los sistemas humanos, cada vez más expuestos a peligros de distinto signo, que pueden ocurrir de manera concurrente agravando los resultados adversos. Los riesgos involucrados en la globalización del siglo XXI serán de una dimensión y una complejidad inéditas.
Considerado lo anterior parece evidente la urgencia por plantear y desarrollar un nuevo sistema de gestión integral de riesgo. En el mundo las capacidades de gestión de riesgo no son integrales y se encuentran dispersas. Apenas en 2005, los 193 países miembros de la Organización Mundial de la Salud adoptaron un primer sistema global preventivo ante epidemias y posibles pandemias.
En México, las capacidades de gestión de riesgo se organizan en el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc), constituido por una red de alerta temprana y respuesta bajo la coordinación de la Secretaría de Gobernación. Pero el diseño del Sinaproc consiste en la suma de capacidades de evaluación de riesgo, observación, alerta temprana y respuesta que diversos organismos han desarrollado para prevenir riesgos geológicos, hidrometeorológicos, de incendios forestales, químicos, sanitarios, o socio-organizativos. Es decir, su diseño no corresponde a la altura de los riesgos que viviremos, crecientemente, en el curso del siglo XXI. Es preciso pues rediseñarlo para incorporar los nuevos imperativos de largo plazo bajo un enfoque transversal y concurrente, para que integre –y no sólo sume– las capacidades actuales, con el soporte de un instituto nacional de gestión integral de riesgo que funcione como eje ordenador estratégico para la adaptación ante la diversidad de amenazas.
Se trata de que el Sistema Nacional de Protección Civil en México desarrolle la capacidad de ofrecer criterios estratégicos, para orientar y moderar la evolución espacial de la economía y de los asentamientos humanos, para corregir la situación de los sistemas humanos ya hoy día vulnerables, y para que la planeación del desarrollo nacional reduzca la vulnerabilidad de la sociedad, las personas y sus bienes, ante los riesgos del siglo XXI. Requerimos urgentemente un nuevo tipo de profesionales: los expertos en riesgos.
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