Glocalfilia: Influenza, riesgo de pandemia y cambio climático
Lunes, 27 de Abril de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
Como se sabe, las enfermedades infecto-contagiosas jugaron un importante papel en la colonización y conquista que países europeos hicieron del resto del mundo a partir de los siglos XV y XVI (Glocalfilia del 14 de abril). Estos gérmenes resultaban de procesos de coevolución por convivencia estrecha entre Homo sapiens europeo y sus animales domésticos, en tanto que Homo sapiens del resto del mundo colonizado no poseía los anticuerpos específicos y sus poblaciones fueron diezmadas por armas, acero, y gérmenes.
Hoy día, debido al proceso de globalización, el Homo sapiens ciudadano del mundo se encuentra expuesto al riesgo de adquirir enfermedades infecto-contagiosas que emerjan en cualquier punto del planeta, porque las personas viajan a través de todos los países y, además de maletas, dinero y sueños, portan toda clase de gérmenes que transfieren a todas las coordenadas de la Tierra. Esto sucede especialmente entre las grandes aglomeraciones urbanas, equipadas con grandes terminales aéreas, férreas, marítimas y carreteras. Ahora bien, ¿cómo se mide el riesgo?
El riesgo es una probabilidad, y como tal se basa en estadísticas de frecuencias de ocurrencia de tipos de eventos. Específicamente, el riesgo es la probabilidad de que sucedan determinados eventos, benéficos o adversos, que afecten la capacidad de los sistemas humanos para lograr sus objetivos. Sin embargo, el concepto generalizado de riesgo ha terminado asociado particularmente a eventos adversos. En este último sentido el riesgo es el grado de incertidumbre de que puedan tener lugar eventos económicos, financieros, sanitarios, antropogénicos o causados por fenómenos naturales, que impacten de manera adversa a sistemas humanos y, por extensión, a sistemas naturales (el capital natural).
En lo que toca a riesgos sanitarios, durante los últimos lustros, debido al problema del calentamiento global antropogénico, científicos, autoridades públicas a cargo de la salud y tomadores de decisiones políticas, se interesan crecientemente en comprender cuánto influyen las variables ambientales en la emergencia y difusión de enfermedades infecciosas con potencial de diezmar poblaciones completas. La transmisión de estas enfermedades puede ser por vía aérea, por agua y alimentos contaminados, o a través de especies que operan como vectores. Entre las variables ambientales más importantes se cuentan la cantidad de lluvia, la temperatura, la humedad relativa y los regímenes de viento –las que el cambio climático ciertamente ha empezado a modificar.
En este orden de cosas, entre los factores de riesgo de impactos adversos para la salud humana sobresale la relación entre vectores de enfermedades infecto-contagiosas con distribución de ecosistemas y variabilidad climática. Dicho de otro modo, cuánto influye una geografía de los ecosistemas que se modifica rápidamente conforme avanza el cambio climático (de una escala superior que la variabilidad climática), en la distribución y abundancia de los vectores de gérmenes patógenos.
Resulta fácil de comprender que la modificación de las fronteras entre diversos tipos de ecosistemas –particularmente entre templados y tropicales, o secos y húmedos–, debido al cambio climático, modifica a su vez los patrones de distribución y abundancia de especies que operan como vectores de enfermedades. Las especies vectores pueden ser desde artrópodos hasta mamíferos. Recordemos brevemente algunos ejemplos.
Los mosquitos Aedes aegypti portadores del virus del dengue prefieren alimentarse de sangre humana, y son causantes del mayor número de infecciones globalmente. Los mosquitos Anopheles spp transmiten el protozoario plasmodio de la malaria, que infecta los glóbulos rojos del tejido sanguíneo. Los mosquitos Culex spp transmiten el nemátodo que provoca la filariasis y el virus de la encefalitis de San Luis. En cuanto a su distribución y abundancia: el dengue, cuya frecuencia de ocurrencia ya se observa correlacionada con el cambio climático, se encuentra asociado a la precipitación y, más aún, a la temperatura y al estado de deterioro y contaminación orgánica de cuerpos de agua; la malaria, cuya frecuencia se ha observado estrechamente asociada a eventos de El Niño, se encuentra asociada a temperatura, precipitación, humedad relativa y régimen de vientos; finalmente, el primer brote de encefalitis en Missouri en 1933 estuvo asociado a un verano extremadamente seco.
Entre los roedores –que se les reconoce entre los más importantes vectores del virus de la rabia–, Peromyscus maniculatus transmitió en 1993 por primera vez una aguda aflicción respiratoria con mortalidad mayor al 50 por ciento de los casos, causada por una nueva forma de hanto virus, en las zonas de Nuevo México, Arizona, Colorado y Utah. En aquel año las poblaciones de este roedor se acrecentaron de manera extraordinaria debido a grandes lluvias durante El Niño de 1992 a 1993, que incrementaron su disponibilidad de alimento.
Hace pocos años nos enteramos que otro importante vector de contagios son las aves, debido a la ocurrencia de gripe (o influenza) aviaria en algunas zonas de Asia que, poco después vehiculadas por algunas especies migratorias, se observaron en algunos lugares de Europa y de Norteamérica. Se trata de virus de la familia Orthomyxoviridae, que afectan a la mayoría de las especies aviares domésticas, causando extensas mortalidades en explotaciones avícolas comerciales en sólo 24 horas. Estos virus tienen el potencial para infectar a diversas especies de mamíferos, incluidos el cerdo, el gato y el mismo ser humano (información sobre transmisiones a humanos puede encontrarse en: http://www.who.int/csr/disease/avian_influenza/country/cases_table_2009_04_23/en/index.html).
Esta familia de virus es también la causante de la influenza porcina –conocida como SIV por sus siglas en inglés–, y se caracteriza por su capacidad para cambiar de estructura y crear nuevas variedades, o mutaciones, que escapan al reconocimiento de los anticuerpos de los organismos que infectan. Se clasifican en tipos A, B y C en función de sus características antigénicas, y en el mundo circulan tres subtipos A: H1N1 (la más común), H1N2, H3N1, y H3N2; que infectan cerdos pero también pueden infectar aves y humanos.
Ahora nos encontramos en una situación de este tipo, epidemia de influenza porcina tipo A debida a una mutación del virus H1N1, mutación que resulta inmune a vacunas previamente desarrolladas para variedades anteriores y que podría provocar una pandemia.
Porque a diferencia de los virus de la influenza aviar que emergió en 2003, de los cuales algunos son transmisibles a humanos pero no necesariamente entre humanos, la influenza porcina es transmisible a humanos y claramente entre humanos. Debido a ello la alarma en nuestro país (www.salud.gob.mx/) y la alerta en otros a los que llegaron viajeros provenientes de México portando la recientemente aparecida mutación. La Organización Mundial de la Salud (www.who.int/en/) lanzó la alerta ante la posibilidad de una pandemia cuyo riesgo, hasta las últimas noticias, nadie ha podido asegurar podrá evitarse.
Todo esto resulta un buen ejemplo del tipo de problemas al que nos enfrentaremos con mayor frecuencia, en un futuro próximo, debido al calentamiento global. Pero quizás más importante aún, porque se trata de problemas que no esperan que el clima cambie para aparecer, se observa una gran falla en la capacidad de respuesta a escala global ante la aparición y emergencia de nuevas variedades de gérmenes. La cantidad de personas y productos animales que viajan de un punto a otro del planeta en nuestro globalizado mundo no puede detenerse de un día para otro, y en una situación de emergencia ante virus mortíferos tipo ébola la red mundial de sistemas de alerta responderían tardíamente para evitar una pandemia.
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