Glocalfilia: Pérdida de capital natural, cambio climático y extinción de civilizaciones

En calidad de vestigios que escaparon a grandes catástrofes naturales o cataclismos históricos, ruinas y monumentos del pasado se nos presentan hoy día como testimonio de antiguas civilizaciones. Civilizaciones que florecieron y perduraron quizás durante siglos pero que, finalmente, desaparecieron. ¿Por qué se extinguieron esas civilizaciones? ¿Se trata acaso de una ley de la historia? ¿Es quizás porque en la búsqueda de maximizar ganancias individuales, los seres humanos obtenemos resultados colectivos en sentido contrario para la mayoría de los individuos? (Glocalfilia del 6 de abril 2009) ¿Qué tanto jugó la preservación o pérdida de capital natural en el colapso de civilizaciones que desaparecieron? ¿Qué tanto juega la pérdida de capital natural en nuestras sociedades globalizadas?
Muchos autores de muy diversas vertientes se han aplicado a analizar este problema, actualmente de gran resonancia debido a las preocupaciones que suscita el cambio climático antropogénico, con sus perturbadores y costosos impactos adversos previsibles. Entre ellos, Jared Diamond, quien adquirió fama mundial a partir de 1998 cuando ganó el premio Pulitzer por su libro: Armas, gérmenes y acero y que, más recientemente, en 2006, publicó otro libro que se ha convertido en referencia a debate: Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen.
En el primer libro Jared Diamond partía de una pregunta más o menos elemental: ¿Por qué Carlos V conquistó el imperio de Atahualpa? Pues porque sus hombres, dirigidos por Pizarro —responde Diamond—, montaban a caballo, utilizaban el acero, portaban armas de fuego y, asimismo, portaban los gérmenes de la viruela, el sarampión y la gripe, entre muchos otros, frente a los cuales los incas no disponían de anticuerpos. Esta respuesta la complementa con otras a la siguiente pregunta: ¿por qué no fue Atahualpa el que envió a sus hombres al otro lado del Atlántico y conquistó el imperio de Carlos V? La explicación que logra Diamond de los grados desiguales de desarrollo en los distintos continentes y regiones del globo constituye una obra apasionante.
En el segundo libro, Jared Diamond explora los principales factores del “colapso” de civilizaciones. Nos serviremos de esta obra como referencia para una reflexión acerca de qué tanto, la actual deuda de capital natural, es una variable determinante en la perdurabilidad a futuro de nuestras economías globalizadas.
Diamond identifica cinco conjuntos de factores: 1) deterioro del capital natural; 2) variabilidad climática; 3) presencia de vecinos hostiles; 4) presencia de vecinos amigables; y, 5) capacidad de respuesta y adaptación de la sociedad.
En este orden de ideas analiza, entre muchos otros, casos tan ilustrativos como el del estado de Montana en los Estados Unidos, la Isla de Pascua, la civilización Maya y la Groenlandia noruega, hasta los contrastantes de Haití y República Dominicana. Veamos brevemente cada uno de estos casos, para entonces apuntar algunas conclusiones.
El caso de Montana lo presenta como ejemplo de una sociedad “moderna” con típicos intereses contrapuestos: incapaz de dejar atrás una economía basada en la explotación minera, forestal y agropecuaria, pero que atrae a millonarios californianos y de muchos otros estados de la Unión Americana deseosos de pasar sus vacaciones, o su vejez, en un medio más natural que aquel en el cual hacen o hicieron fortuna, lo que permitiría financiar soluciones para las graves alteraciones de los ecosistemas regionales debidas a contaminación de los recursos hídricos, introducción de especies exóticas dañinas, suelos contaminados por minas abandonadas, pérdida de biodiversidad y disminución de la capacidad de oferta de servicios ambientales. El ejemplo de Montana permite a Diamond introducir una de las ideas centrales de su obra: para que las sociedades puedan afrontar exitosamente sus desafíos ambientales deben ser capaces de: 1) evaluar sus valores culturales y 2) elegir cuáles conservar y cuáles eliminar.
El caso de la Isla de Pascua es relativamente sencillo, pues debido a su aislamiento no fue a causa de presencia de vecinos hostiles o de ausencia de vecinos amistosos que llegaron a su extinción, ni tampoco por algún cambio climático importante en la época de su colapso, sino a una incapacidad de modificar sus hábitos culturales, seguida de una deforestación total de la isla que condujo a guerras, ingobernabilidad y desaparición progresiva de la población.
En el caso del declive de la civilización maya, la concordancia entre la evidencia arqueológica y los datos paleoclimáticos es muy visible. El colapso de esta civilización parece coincidir con prolongados periodos secos, marcados por episodios multianuales de sequías extremas alrededor de los años 810, 860 y 910 d.C., que permiten suponer agudas crisis hídricas y alimentarias coincidentes con los denominados “abandono preclásico” y “periodo clásico terminal”. Sequías que, en el otro lado del mundo, habrían influido en desencadenar el furor conquistador de Genghis Kahn así como las revueltas chinas que hicieron caer a la dinastía Tang. El colapso de la civilización maya ilustra la concurrencia combinada de todos los factores identificados por Diamond: crecimiento poblacional y mantenimiento inercial de rasgos culturales conservadores que conduce a la pérdida del capital natural, pérdida que se intensifica con la irrupción de cambios climáticos secos y se agudiza con la presencia de vecinos hostiles.
El caso de Groenlandia, a fines del siglo X, ilustra cómo la inercia de rasgos culturales europeos adaptados a un hábitat distinto, en contraste con aquéllos de una cultura local sustentable, llevan al colapso a la colonia de los noruegos. Impermeables con su cristianismo para poder absorber estrategias de los inuit locales, los noruegos dependían de sus vacas y derivados, mientras los inuit aprovechaban los recursos que los ecosistemas marinos y costeros locales ofrecían de manera perdurable. Lo anterior, aunado al cambio climático que hizo concluir el periodo cálido medieval algunas décadas después del año mil —e hizo perder lo verde a “Green-land”—, llevaron al colapso de la Groenlandia noruega.
La comparación entre Haití y República Dominicana, que comparten el territorio de la isla La Española, resulta un buen ejemplo de resultados contrastantes, derivados de culturas e historias de manejo distinto de los recursos naturales en un mismo territorio. Durante una época, Haití fue la “joya” de Francia, a donde exportó grandes cantidades de esclavos de África negra para producir azúcar entre otros muchos bienes agrícolas; en cambio, España mantuvo en situación marginal a República Dominicana, sin grandes explotaciones agrícolas ni incremento sustancial de la población. Además, la zona territorial ocupada por Haití es un poco más seca, con suelos más frágiles de menor capacidad de recuperación, y sin suficientes áreas naturales protegidas; pero si a eso se aúna —respecto de República Dominicana— mayor densidad poblacional, mayor grado de explotación, y la persistencia de feroces dictaduras (François Papa Doc Duvalier) durante buena parte del siglo XX, el resultado es una densa población que perdió buena parte de su capital natural: la situación ideal para la crónica de un desastre anunciado.
Si a primera vista la teoría del “colapso” de Jared Diamond pudiera parecer pesimista, en realidad es lo contrario. Identifica cinco conjuntos de factores determinantes en la perdurabilidad o la extinción de sociedades o civilizaciones enteras. En algunos casos, los factores de mayor peso pueden ser políticos, sociales y culturales; en otros casos pueden ser ambientales y climáticos. Pero todos influyen, y su peso depende de la coyuntura histórica concreta. ¿Qué conclusión podríamos apuntar para la coyuntura histórica, global, de nuestros días?
La crisis económica en curso —de la cual apenas asoma la punta del iceberg— y las seculares disputas políticas locales o regionales de corto plazo, ocupan prácticamente toda la energía social y económica actuante. Esto forma parte de nuestros rasgos culturales, conservadores por inerciales frente a una coyuntura global de cambio climático, que anuncia grandes sequías regionales durante el siglo XXI, con sus consecuentes crisis de producción alimentaria y disponibilidad de agua para una población que, de 6 mil 900 millones 345 mil individuos (hasta las 02 horas de la madrugada del domingo 12 de abril 2009; véase reloj poblacional global: www.ibiblio.org/lunarbin/worldpop), pasará a casi 10 mil millones a mediados del siglo en curso.
La gran cuestión está a la vista: 1) nos encontramos en tiempos en que la pérdida de capital natural es inmensa y tiene alcance global; 2) vivimos los albores de un cambio climático de alcances superiores a los que Homo sapiens tenga registro de haber vivido (o sobrevivido); y 3) somos muchos y seremos más, la globalización ha hecho que el mundo se vuelva pequeño, podemos ser vecinos hostiles o vecinos amigables. Por consiguiente, la disyuntiva es: mantener la inercia de una cultura de uso y ocupación de los bienes terrenales, y de relaciones económicas y sociales que, claramente, nos conduce a crisis e ingobernabilidad (escenarios Mad Max); o bien modificar, desde lo multilateral y desde lo local, las bases de una civilización que ha devenido global y que sólo reconstituyéndose sobre bases de sustentabilidad política, social, económica y ambiental, podrá perdurar sin mayores descalabros. Porque un “colapso” en el siglo XXI será global, afectará a todas las sociedades del planeta.

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