Glocalfilia: visiones globales del siglo XXI desde México; bienvenidos al Antropoceno
Lunes, 30 de Marzo de 2009 19:00
Escrito por Germán González Dávila
El siglo XX se fue dejando una marca de cambio profundo y vertiginoso desde los ferrocarriles hasta los transgénicos: vacunas, automóviles, cine, radio, aviones, telefonía, dos guerras mundiales, dictaduras de signos diversos, antibióticos, poder nuclear, anticonceptivos, televisión, satélites, computadoras, fin del “socialismo real”, guerras por adicción al petróleo y mucha, mucha tecnología.
Todo este nuevo universo de artefactos permitió a la población humana incrementar su número como nunca y rebasar las capacidades de carga de los ecosistemas. Si en 1900 la biosfera soportaba a mil 500 millones de habitantes, ahora soporta la carga de poco más de 6 mil 500 millones, y tendrá que cargar con 2 mil 700 millones más hacia 2050. Homo sapiens ha devenido la especie de mayor influencia sobre el medio ambiente global, transforma y destruye paisajes, provoca la sexta gran extinción en la historia de la Tierra, y sobrecalienta la atmósfera terrestre. ¿Concluyó el Holoceno y arribamos al Antropoceno?
La geología denomina Holoceno al segundo y último periodo del Cuaternario, iniciado hace 12 mil años con la conclusión de la última glaciación e inicio del actual periodo interglaciar, en el que la temperatura se hizo más tibia, los grandes hielos se retiraron a los polos y Homo sapiens se encontró en condiciones para la revolución agrícola. Pero ahora el Holoceno habría concluido y el Antropoceno iniciado a partir de que se instala el impacto antrópico global en el clima de la Tierra, es decir, a partir de la revolución industrial.
Además de este impacto humano a escala global, otro preocupante resultado del desarrollo de la artificialidad humana (fabricación de artefactos) es que va acompañada de pobreza para una tercera parte de la humanidad. La quinta parte más rica de la población concentra alrededor de un 90 por ciento del producto bruto mundial, más del 80 por ciento de los mercados mundiales y más del 70 por ciento de las comunicaciones telefónicas y de internet. En contraste, la quinta parte más pobre reúne apenas uno por ciento de estas capacidades. Homo sapiens extrae cada vez más materiales y recursos de la biosfera y vierte cada vez más desechos en ella, con lo que desde hace décadas supera sus capacidades de renovación y sus capacidades de digestión. El siglo XXI arranca entre fobias y filias respecto de qué tan pequeño se nos hizo el planeta y qué tan globales los problemas locales.
Dos grandes cuestiones emergen de estas consideraciones ¿qué visión se dibuja para la vida de los seres humanos durante el siglo XXI? y ¿a qué adecuaciones podemos aspirar para resolver los anunciados problemas de nuestro futuro común?
En relación con la visión a futuro esperamos inevitablemente una serie de pequeñas y grandes catástrofes resultado de: incremento de entre 2 y 3 grados Celsius en la temperatura promedio superficial global; pérdida de cobertura vegetal original y de biodiversidad asociada —especialmente la asociada a la producción agrícola; decremento neto global de la productividad de tierras y aguas por cambio climático y contaminación; ascenso de al menos 1 metro del nivel del mar; intrusión marina en zonas y acuíferos costeros; intensificación de fenómenos meteorológicos extremos –particularmente tornados, ciclones, huracanes, sequías, lluvias torrenciales e inundaciones; agotamiento de reservas petroleras e inseguridad energética; intensificación de conflictos locales y regionales por mayor escasez de recursos naturales y servicios ambientales de los ecosistemas; intensificación de presiones migratorias; acrecentamiento de amenazas a la gobernabilidad y su debilitamiento desigual y combinado en las diferentes regiones del globo; en pocas palabras: mayor inseguridad para las personas y sus bienes, en todos los rincones del globo.
En relación con hacer frente a todas estas nuevas condiciones de complejidad inédita, se vale aspirar a las mejores soluciones. La Visión México 2030 (que presentó el presidente Calderón el 21 de mayo 2007: www.vision2030.gob.mx) propone un buen avance en este sentido pues reconoce que: “Superar los grandes desafíos que tenemos como nación requiere de procesos de largo plazo. No es algo que se pueda lograr de un año para otro, ni siquiera en un periodo de seis años. Alcanzar el país que anhelamos exige vislumbrar el futuro y actuar en consecuencia... La velocidad con la que está cambiando el mundo nos obliga a visualizar lo que podría ocurrir mañana, ya que sólo de esta manera lograremos prevenir riesgos, anticipar obstáculos, reducir los impactos posibles de las adversidades y prepararnos para aprovechar las oportunidades que se presenten... En el mundo del siglo XXI no hay cabida para la improvisación ni el azar... Nuestro destino dependerá de lo que hoy hagamos o dejemos de hacer los mexicanos”.
Y añade: “Hacia 2030, los mexicanos vemos a México como un país de leyes, donde nuestras familias y nuestro patrimonio están seguros, y podemos ejercer sin restricciones nuestras libertades y derechos; un país con una economía altamente competitiva que crece de manera dinámica y sostenida, generando empleos suficientes y bien remunerados; un país con igualdad de oportunidades para todos, donde los mexicanos ejercen plenamente sus derechos sociales y la pobreza se ha erradicado; un país con un desarrollo sustentable en el que existe una cultura de respeto y conservación del medio ambiente”.
Lo anterior va en la dirección correcta, no obstante el problema sea mucho más complejo, ya que nuestro destino común (www.un-documents.net/wced-ocf.htm) es común porque el mundo se ha globalizado. En el caso de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), las negociaciones en curso encuentran como eje ordenador la posibilidad de que todas las Partes sean capaces de adoptar, o no, una meta “aspiracional” (por el término en inglés de algo deseable, a lo que se aspira). La CMNUCC debate actualmente si debe adoptar como aspiración de largo plazo reducir a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero. Esto implica por supuesto que los países industrializados debieran reducir hasta en un 90 por ciento sus emisiones y los países en desarrollo, como México, alrededor de un 30 por ciento en el año 2050, respecto de las emisiones del año 2000. Adoptar esta meta es la única manera de evitar que, de ahora a fines del siglo XXI, el incremento de la temperatura promedio global sea superior a 2 ó 3 centígrados y el ascenso del nivel del mar no mayor de un metro.
En este contexto, el Programa Especial de Cambio Climático 2008-2012 de México, que actualmente se encuentra bajo consideración de consulta pública (véase Consultas públicas en proceso en el sitio web de la Semarnat), señala que México podría contribuir muy significativamente a lograr esta aspiración de largo plazo, siempre y cuando: 1) todos los países del mundo hagan lo que les corresponda de acuerdo con el principio de responsabilidades comunes pero diferenciadas; y 2) los países industrializados dinamicen el desarrollo, y su transferencia a países menos desarrollados, de las nuevas tecnologías bajas o neutras en emisiones de gases de efecto invernadero, a una escala de sustitución tecnológica sin precedentes.
El problema del cambio climático pone nuevamente sobre la mesa algunas de las grandes aspiraciones, no satisfechas, de los mexicanos: disponer de un verdadero sistema nacional de planeación, que incluya el ordenamiento territorial y la planeación de la evolución espacial de la economía; contar con una política industrial, hasta ahora inexistente; y adecuar los instrumentos regulatorios y económicos, incluidos los fiscales, a los imperativos de un mundo que cambió y que cada vez será más complejo y difícil de resolver.
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