Glocalfilia: La tragedia de los bienes comunes globales

La semana pasada comentamos que la inversión en tecnologías e infraestructuras respetuosas de la sustentabilidad ambiental pueden proveer un gran estímulo para una recuperación económica sostenida a largo plazo.
El problema es que hasta ahora la inversión privada y los mercados orientan el crecimiento económico de tal forma que incentivan el agotamiento o extinción de los bienes comunes o de libre acceso, como el agua, las tierras, el aire, mares y atmósfera. Por eso la tragedia de los bienes comunes (Garrett Hardin dixit: http://www.sciencemag.org/cgi/content/full/162/3859/1243)
Es efectivamente eso: una tragedia para la economía humana.
El caso más trágico entre los bienes comunes es la biodiversidad, debido a que la sexta gran extinción a escala planetaria ha sido causada por Homo sapiens (Glocalfilia del 27 de febrero 2009), y actualmente lo más inquietante es la disminución de biodiversidad asociada a cultivos de plantas domesticadas (agro-biodiversidad), particularmente de polinizadores. Esto anuncia graves problemas técnicos para la seguridad alimentaria estratégica global. El Reporte 2008 de la FAO sobre el estado de la inseguridad alimentaria en el mundo informa que, sólo entre 2003 y 2007, al menos 75 millones de seres (equivalente al crecimiento poblacional mundial anual) se incorporaron a las filas del hambre crónica, y ya suman 923 millones de personas, casi una sexta parte de la humanidad, en esta situación.
No obstante, se mantiene la creencia de que los avances científicos y tecnológicos poseen el potencial para producir cada vez más alimentos para cada vez más personas. Sin embargo, en nuestro tiempo resulta incontestable que vivimos en un planeta finito cuyos recursos son finitos y la cuestión de Malthus, replanteada por Garrett Hardin en su seminal artículo del 13 de diciembre 1968, es correcta: no existen soluciones técnicas del problema del hambre en el mundo para una población humana que crece exponencialmente. Las soluciones, si las hay, son políticas.
Parafraseando a Hardin y a Ronald Coase (Premio Nobel de economía 1991 y padre del concepto de “el que contamina paga”): solamente si existen reglas claras, recíprocamente acordadas, y coercitivas, será posible disminuir el tono de la tragedia de los bienes comunes globales. Habida cuenta que la más importante fuerza conductora del cambio global (Glocalfilia del 2 de marzo 2009) es la dinámica demográfica humana, la única forma de amortiguar la multianunciada crisis ambiental global consiste en doblegar el vertiginoso crecimiento de la población mundial de Homo sapiens. Cuestión especialmente compleja y todavía políticamente “incorrecta”, pues incluso la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas señala que la familia constituye el elemento básico de la sociedad y la reproducción su libertad fundamental. Esta libertad reproductiva duplicó la población global en sólo 40 años –entre 1960 y 2000– de tres mil millones a seis mil millones de Homo sapiens en el planeta. Considerando que a los seis mil 500 millones de habitantes de hoy día se sumarán otros dos mil 700 hacia el año 2050, cuando la población global iniciará probablemente su estabilización con nueve mil 200 millones de almas ¿alguien cree todavía que existan soluciones técnicas para resolver el problema del hambre y la pobreza en el mundo?
El crecimiento poblacional exponencial de Homo sapiens pone a prueba uno de los teoremas fundamentales de la ecología: el teorema depredador- presa. Para entenderlo imaginemos una población de lobos que coloniza un nuevo territorio, en el cual abundan los conejos. La población de lobos crecerá en la medida que la de conejos sea abundante, pues dispondrá de más alimento para más lobos; pero hasta un cierto límite, pues cuando los lobos excedan la capacidad de renovación de la población de conejos éstos reducirán su número y, por consiguiente, disminuirá asimismo la población de lobos. La disminución de la población de lobos reducirá entonces la presión sobre la capacidad reproductiva de los conejos, que podrán incrementar nuevamente su número, con lo que la población de lobos podrá crecer nuevamente. Este ciclo se repite indefinidamente, se trate de sistemas depredador-presa o, en general, de interdependencias en la cadena trófica. Los usuarios de bienes y servicios de los ecosistemas pueden maximizar sus poblaciones mientras su número no rebase la capacidad de renovación de dichos bienes y servicios. Este mecanismo natural mantiene a las poblaciones de cada especie dentro de los límites de la capacidad de carga que los ecosistemas tienen para cada una de ellas.
Para Homo sapiens los “conejos” son los bienes comunes. Es la primera vez en la historia que la población de Homo sapiens (el “lobo”) alcanza tal magnitud en el planeta que su presión sobre los bienes comunes globales los hace disminuir trágicamente. ¿Implicará esto una disminución de la población humana global? La cuestión de Malthus, Hardin y Coase está –como ya ha comentado Ricardo Becerra en algunos artículos– a la orden del día. ¿Cuánto más tiempo habremos de mantener comportamientos y políticas basados en valores convencionales tradicionales, que conducen inevitablemente a pequeñas o grandes catástrofes humanas debido al agotamiento o deterioro de los bienes comunes?
En nuestros días el cambio climático constituye la prueba irrefutable de que Homo sapiens se ha convertido en el “gran lobo global” depredador de los bienes terrenales que le dan sustento. Estos bienes comunes globales disminuyen progresivamente y escasearán cada vez más en el futuro previsible.
¿Cuánto tendrá que disminuir la población humana global para ajustarse a la capacidad de carga de la biosfera y de oferta de bienes comunes a niveles satisfactorios? Es una cuestión tan inédita como difícil de responder pero, cada vez más, no parece haber otra solución que la política. Las soluciones “técnicas” no existen cuando de recursos finitos se trata, cuya productividad ya alcanzó desde hace tiempo sus límites para el Homo sapiens. Y todavía esperamos dos mil 700 millones de seres humanos más durante el periodo comprendido entre nuestros días y mediados de siglo.
De todo esto se desprende la gran cuestión de nuestro tiempo: sin desearlo ni preverlo Homo sapiens realiza un gran experimento global sobre las bases de sustentación de su propio universo, y pone a prueba hasta cuánto podrá maximizar su propia población.
¿Qué hacer? ¿Restablecer la lucha de clases? ¿Diseñar a los nuevos intelectuales orgánicos? ¿Ponerle precio al carbono para modular el desarrollo industrial del siglo XXI? ¿Y la población? ¿Mantener la libertad absoluta de reproducción hasta que los bienes comunes se agoten y la ingobernabilidad se convierta en moneda corriente? Se requiere de una reforma civilizatoria a fondo, que la coyuntura actual de crisis económica global y costos por cambio climático y crisis ambiental permite plantear como inmensa ventana de oportunidad. El problema es que falta comprensión y voluntad política para abordar las cosas de acuerdo con la dimensión real del desafío. Mientras tanto, todo parece indicar que continuaremos en la creencia de que existen soluciones técnicas para erradicar la pobreza y elevar paulatinamente el bienestar humano promedio global, y que es posible maximizar mucho tiempo más la variable demográfica humana.

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