Las fuerzas conductoras del cambio global

Durante decenas de miles de años la población humana global se mantuvo en unas cuantas decenas de miles de individuos. El registro fósil indica que la primera ola demográfica humana ocurrió durante el Paleolítico medio –hace alrededor de 60 mil años– gracias al desarrollo de nuevas artes de caza que permitieron la dispersión de Homo sapiens fuera de África, empujado porque los ecosistemas que habitaba no soportaban mayores densidades de cazadores-recolectores.
Concluida la última glaciación, la segunda gran ola demográfica llegó con la agricultura hace poco más de 10 mil años. La agricultura constituyó un artificio para acrecentar la capacidad de carga de los ecosistemas que albergaban a Homo sapiens, con lo cual éste pudo incrementar su densidad poblacional. La población planetaria alcanzó entonces centenas de miles, luego millones y, para el año 1 d.C., 250 millones de personas.
Tuvieron que pasar 1600 años para que la población mundial se duplicara a 500 millones de habitantes; y otros 230 años para que en 1830 alcanzara los primeros mil millones, ya en plena revolución industrial. Luego, el número de Homo sapiens llegó a dos mil millones en 1930; a tres mil en 1960; a cuatro mil en 1974; a cinco mil en 1987; y a seis mil millones en 1999. Si para que Homo sapiens alcanzara los primeros mil millones tuvieron que transcurrir miles de años, para cada uno de los siguientes hitos transcurrieron solamente 100, 30, 14, 13 y 12 años, respectivamente. Ahora inauguramos el siglo XXI con 6 mil 500 millones de habitantes en el planeta.
Esta tercera inmensa ola demográfica de crecimiento exponencial durante el siglo XX fue posible porque el desarrollo industrial aceleró el crecimiento económico y permitió mejorar sustantivamente las condiciones de vida, pero generó problemas inéditos por su magnitud y su globalidad: degradación y reducción de la disponibilidad de tierras y aguas, contaminación de todo tipo, pérdida de biodiversidad, destrucción de la capa de ozono, cambio climático, e inseguridad propia de los tiempos modernos.
El crecimiento vertiginoso de la población humana mundial durante el siglo XX constituye la principal fuerza conductora del cambio global, cambio moldeado por el desarrollo de los mercados internacionales y por políticas macroeconómicas insustentables que incrementan la riqueza tan rápido como la desigualdad y destruyen la integridad de los ecosistemas.
El crecimiento de la población requiere de un crecimiento económico sostenido que ha ido acompañado de un cada vez mayor flujo global y per cápita de energía y de materiales. Esto incrementa la presión de los sistemas humanos sobre las capacidades de carga de la biosfera, pues se extraen materiales más allá de sus capacidades de renovación y se vierten en ella desechos más allá de sus capacidades de digestión.
De acuerdo con la Prospectiva Ambiental 2030 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), y en el marco del enfoque presión estado respuesta, pueden reconocerse como las grandes fuerzas conductoras del cambio global, además de la dinámica demográfica, el consumo, la producción, la tecnología, el crecimiento económico, la urbanización, y la globalización. Todas ellas ejercen presión sobre el medio ambiente local, regional y global, y generan un estado de deterioro ambiental desigual pero profundo, por lo que los Estados buscan dar una respuesta a la altura de las circunstancias (las grandes convenciones internacionales, por ejemplo).
Consumo y producción tienen gran impacto sobre el medio ambiente (pérdida de recursos naturales renovables, cambio climático, contaminación). De ahora a 2030 se incrementará 1.4 por ciento anual el consumo residencial e industrial de energía en países desarrollados, pero en 2030 los países en desarrollo consumirán 30 por ciento más energía que los desarrollados. El kilometraje promedio recorrido por pasajero (terrestre, marítimo y aéreo) crecerá 1.6 por ciento anual –aunque en países como China e India crecerá más.
Las proyecciones de las Naciones Unidas indican que la población del planeta pasará de 6 mil 500 millones en 2005 a 8 mil 200 millones de personas en 2030 y, de acuerdo con la OCDE, hacia 2030 se espera un crecimiento promedio global anual del PIB de 2.8 por ciento. Por consiguiente, el crecimiento esperado en el promedio global del ingreso per cápita será de 2.37 por ciento anual. Esto incrementará sustantivamente la producción y el consumo de bienes y servicios, de energía, agua, alimentos y materiales, así como la generación de desechos, sobre todo en los países en desarrollo con economías emergentes, con lo que se incrementarán las emisiones contaminantes, los gases de efecto invernadero (GEI), la perturbación de ecosistemas y la deforestación.
El cambio tecnológico tiene lugar bajo muy diversas formas, sean innovaciones en procesos productivos o invención de nuevos productos, cuyos impactos potenciales en el medio ambiente resultan muy diversos. Algunas innovaciones o invenciones contribuyen a reducir presiones sobre el ambiente, en tanto que otras lo incrementan, y el efecto general es ambiguo o incierto. Por ejemplo, los biocombustibles pueden tener efectos positivos en disminuir emisiones de GEI pero negativos al incrementar la presión sobre el uso de tierras. Pero por supuesto, mitigar los impactos adversos previsibles del calentamiento global requiere (como ya hemos sugerido en esta columna) de un nuevo paradigma tecnológico-industrial que descarbonice la economía global.
Afortunadamente, los países desarrollados muestran una clara tendencia a integrar crecientemente criterios ambientales en sus procesos productivos. El porcentaje de compañías que reportan haber introducido sistemas de manejo ambiental va de 30 por ciento en Alemania y Hungría, hasta 57 por ciento en los Estados Unidos. El número total de certificados ISO 14000, en 127 países, se incrementó dramáticamente de 14 106 hasta 1999, a 90 569 a fines de 2004.
La urbanización se expandió 171 por ciento entre 1950 y 2000, y diversos estudios (OCDE entre otros) sugieren que se ampliará 150 por ciento más hacia 2030. Hoy día casi la mitad de la población global de Homo sapiens habita en ciudades y para 2030 se espera que esta proporción llegue al menos a 60 por ciento. De este crecimiento global de la población urbana entre 2005 y 2030, alrededor del 89 por ciento, equivalente a mil 500 millones de personas, ocurrirá en los países en desarrollo. Las ciudades, incansables golosas de recursos y obesas productoras de desechos sólidos y fluidos, constituyen los mayores polos de atracción para las presiones de la economía sobre el medio ambiente.
La globalización constituye un proceso en el cual las estructuras de los mercados, las tecnologías, y los patrones de comunicación se internacionalizan progresivamente, mediante mayores niveles de inversión, más profunda liberalización del comercio internacional, intensificación de la competencia, y un veloz cambio tecnológico, incluidas las tecnologías de la información. Las empresas multinacionales constituyen vectores clave de la globalización, pues aunque la migración de actividades contaminantes desde las metrópolis hacia países con menores estándares ambientales ocurre, muchas empresas multinacionales aplican los más altos estándares de desempeño ambiental en sus actividades a través del mundo con lo que contribuyen a mundializar mejores prácticas corporativas.
En un escenario tendencial, las siete grandes fuerzas conductoras del cambio global conducirán a mayor deterioro y pérdida de ecosistemas, a más emisiones contaminantes y de gases de efecto invernadero, y a mayor agotamiento de las capacidades de renovación de los recursos naturales renovables, particularmente los recursos biológicos. La coyuntura actual obliga a establecer nuevas reglas económicas y financieras internacionales en las que reaparezca la función del Estado como regulador de la economía, lo cual deberá tener lugar en estos años que la Convención de Cambio Climático definirá las nuevas reglas para el régimen post 2012 de mitigación del calentamiento global. Las decisiones que la comunidad internacional adopte en los próximos diez años serán las más importantes para definir el futuro de la humanidad durante los siguientes cientos de años. El mejor futuro es solamente aquel que asegure la sustentabilidad ambiental del desarrollo humano; otros escenarios conducen a colapsos económicos y de gobernabilidad global.

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